cardomaximo

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(Vivir entre paréntesis)

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VIVIMOS ENTRE paréntesis para evitarnos vivir entre interrogantes. Cada año, las vacaciones marcan ese tiempo en suspenso en el que nada de cuanto hacemos se parece a los quehaceres habituales y todo se estrena de nuevo como un Domingo de Ramos en bermudas y manga corta. El paréntesis nos da refugio como esa casilla del parchís en que las fichas rivales no nos podían comer aunque la prudencia aconsejaba estarse allí sólo un tiempo, el justo para ver alejarse los peligros de la enfermedad, las preocupaciones familiares, la incertidumbre de los empleos y seguir nuestro camino hasta la victoria final, que era la muerte de la partida.

El paréntesis cumple la misma función que el descansillo de la escalera, como su nombre indica. Allí donde la vecina del tercero toma resuello y el jovenzuelo tatuado le toma las bolsas para subirlas a su casa. “Ay, hijo, gracias, que con este calor no me responden las rodillas”, agradece la anciana la ayuda. Las vacaciones son ese chaval con el piercing en la nariz que se ofrece para subir la compra hasta el quinto piso mientras nosotros despotricamos del calor, del ascensor estropeado y del Gobierno que hace subir todo menos la cesta por las escaleras.

Tiempo muerto como en el baloncesto, intermedio de cada año, hemistiquio de un lánguido y monótono alejandrino imposible de pronunciar sin tomar aliento. Las ocupaciones laborales quedan entre corchetes, pero se avivan los conflictos de pareja porque vivir entre guiones aprieta los párrafos sin subordinar las oraciones, meramente yuxtapuestas: toallas tendidas al sol de la playa, una junto a otra sin tocarse jamás, sin entrelazarse ni enredarse. Así son nuestras vidas entre paréntesis.

Preferimos vivir entre paréntesis para no tener que responder a los dos puntos que nos interpelan el resto del año. Cualquier cosa puede meterse en esa acotación vital, no importa si es un curso de buceo o ‘Guerra y paz’ entre pecho y espalda sin bañarse en la piscina, ese tipo de cosas que nunca hacemos el resto del tiempo normal, el que discurre entre comas y puntos y seguidos tan atropelladamente como nos parecían los dictados en la escuela. Ese tipo de cosas que nunca haríamos si no estuviéramos nosotros mismos apostrofados. Sabiendo lo espinados que son los pronombres, Pedro Salinas, el poeta de mi calle, bien podría haber exclamado “¡Qué alegría más grande vivir entre paréntesis!”.

 

27/7/12

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Written by cardomaximo

28/07/2012 a 10:39

Publicado en costumbres, economia

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