cardomaximo

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Reciclaje de estrellas

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Cuando el demonio no sabe qué hacer, con el rabo mata moscas; y cuando a los arquitectos les falta el trabajo, les da por pensar. El resultado es un alud de ideas como el que regalaron al reducido auditorio el miércoles pasado la terna Fernando Mendoza, Antonio Sáseta y José Núñez en una mesa redonda con el sugerente título de «Sevilla en la encrucijada: reciclaje de los proyectos estrella», organizada por el Colegio de Arquitectos, que está de vuelta en el lado del Bien después de haberse pasado muchos años en el lado del Mal.

Sobre el tapete se lanzaron algunas propuestas brillantes sobre tres proyectos estelares de los últimos años en Sevilla, embarbascados de diferente forma: las setas de la Encarnación, el rascacielos de la isla de la Cartuja y la biblioteca universitaria del Prado de San Sebastián. Algún malpensado dirá -no sin falta de razón- que los arquitectos han elegido tres proyectos firmados por tres colegas extranjeros contra los que disparar habiendo tanta arquitectura de garrafón como la que nos han colado en la barra libre del ladrillazo de los últimos años.

Pero no le quitemos mérito a la iniciativa ni a la autocrítica a la que aludía Sáseta para explicarle al ciudadano por qué los pisos se pusieron por las nubes y los arquitectos no hicieron nada por bajarlos. Sí, no es mal punto de partida, que debería extenderse a otras profesiones como la periodística: por qué el poder hizo y deshizo a su antojo todo este tiempo sin que se oyeran voces discrepantes.

El catálogo de portadas de periódico entusiastas con los disparates, prometedoras de ilusiones vanas y simplemente hipotéticas debería exhibirse en la Lonja del Ayuntamiento para vergüenza de nosotros, periodistas, y aviso a navegantes de la nueva corporación municipal que salga de las urnas el 22 de mayo. Como el Prestige: nunca más.

El caso es que los arquitectos (o buena parte de ellos o al menos el grupito que se dio cita en el pabellón de Finlandia la otra noche) han caído en la cuenta de que nos ha salido muy caro el derroche de la última década.

El proyecto de Jürgen Mayer suscita opiniones encontradas incluso entre quienes están de acuerdo en que es una barbaridad arquitectónica desescalada y el dineral enterrado es una monstruosidad. Ahí se acaban los consensos porque cada uno tiene su opinión sobre qué habría que hacer ahora que está tan próxima su conclusión.

Terminarlas supone seguir invirtiendo dinero y darle más hilo a la cometa de la concesionaria, que en «un par de años estará llamando al Ayuntamiento pidiendo subvenciones». El panorama que se dibuja es el de una segunda parte de Isla Mágica , negocio ruinoso pese a todas las concesiones hechas y por hacer.

Dejarlas tal cual, sin acabar, supondría «un triste recordatorio de nuestra miseria», pero al menos limitaría el coste de la operación rescatando de manos privadas el suelo y el vuelo de la plaza, el «timo de la estampita» que nos han vendido haciendo pasar el mecano por un sucedáneo del Guggenheim bilbaíno que atraerá a masas de turistas deseosos de comprobar que no se cae.

Tirarlas abajo ahora que ya están casi terminadas aumentaría la factura. No todo el mundo está por gastar más dinero en quitarlas de en medio, sino que hay quien propugna «esperar a que se pongan verdes las maderas o se aflojen los tornillos y se vaya cayendo poro a poco».

En serio, Fernando Mendoza sugiere dos autorías independientes antes de su apertura: una sobre el coste total de la obra y otra sobre la seguridad del edificio. Y además, que se garantice el carácter público de la plaza, la demolición de la pata más cercana a la calle Puente y Pellón, la supresión del ridículo puente sobre la calle Imagen y la eliminación de los «ridículos granos de adoquines».

Mayor piscina de olas de Europa

Por el contrario, el rascacielos de César Pelli y la biblioteca de Zaha Hadid concitan más consenso: sobre el primero, todos tienen la certeza de que no se hará. Desde julio de 2007 en que comenzaron las obras, la promotora sólo ha sido capaz de excavar el agujero para cimentar que verían, con agrado, convertido en la «mayor piscina de olas de Europa». La crisis económica, la pérdida del carácter público de las cajas con la entrada de accionistas privados y la lógica del mercado aconsejan soplan en su contra.

Y el juicio sobre la biblioteca del Prado de San Sebastián también es unánime: se trata de un proyecto pésimo de la ganadora de un Pritzker Zaha Hadid que debería ser demolido a costa de la Universidad de Sevilla, empeñada en su construcción a cualquier precio. En cualquier caso, habrá que esperar el fallo de los jueces; el de los arquitectos es rotundo: el proyecto es malo con avaricia. Bienvenida sea la rectificación puesto que salió con el voto de su decano.

 

javier.rubio@elmundo.es

21/3/11

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Written by cardomaximo

22/03/2011 a 10:28

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