cardomaximo

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Las ‘setas’ son puro Barroco

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DIOS BENDITO atienda al último premio Pritzker (algo así como el Nobel de Arquitectura), el portugués Souto Moura, cuando propugna el fin de la arquitectura del estrellato. En nuestro secular rezago, hemos llegado a ella -eso es lo que ha hecho Jürgen Mayer, plantarnos aquí su objeto contra viento y marea y largarse a otra parte y lo que pretenden Zaha Hadid y César Pelli- cuando los demás vienen de vuelta.

Decía el crítico Enrique Domínguez Uceta glosando en este periódico el premio: «Esta elección, más allá de la alta calidad del elegido, acaso contenga una apuesta por la modestia inteligente, por la belleza callada, por una forma de actuación que no invada el espacio ajeno, que no grite en el entorno urbano, que no imponga de manera agresiva y que no proponga un derroche económico ni una alteración profunda del entorno».

Caray, si ha retrasado el mamotreto de la Encarnación: invaden las vistas, es un chillido en el centro histórico, se impone de forma rotunda, altera todo lo que había y encima ha costado un dineral. A ver qué dice ahora Monteseirín de no se qué pamplinas de la modernidad.

Estoy dispuesto a concederle que las setas son barrocas, pero ni mucho menos por la frívola consideración de la línea curva que él esgrime. En auxilio de su mal pergeñada tesis acudo a Maravall, a su canónico «La cultura del Barroco», y en concreto al enunciado de su capítulo octavo, que parece anticipatorio ¡en 1975! de lo que se nos venía encima: «Extremosidad, suspensión, dificultad (la técnica de lo inacabado)».

Más en serio, parece que ese enorme artificio consagrado a la mayor gloria del gobernante encaja en los presupuestos estéticos de una cultura «dirigida, masiva, urbana y conservadora», como fue la del Barroco, según sostiene el gran ensayista.

Las setas vendrían a ser barrocas no porque sean curvas (es una cuestión de empujes) sino porque están ahí para suspender el ánimo, para apabullar al espectador y hacerle ver la pequeñez de su escala frente al designio del poderoso capaz de erigir ese prodigioso aparato desmesurado y apabullante: pura tramoya, aparato escénico sin nada más.

Lo que las setas persiguen es el extrañamiento del ciudadano, la alienación marxista de otros tiempos: una manifestación cultural dirigida de arriba abajo en la que al individuo no le queda otra rascarse el bolsillo para apoquinarlas. Gracián lo dejó escrito hace mucho: «Siempre fue lo dificultoso estimado». Hasta quitarse a los malos alcaldes de encima.

javier.rubio@elmundo.es

30/3/11

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Written by cardomaximo

31/03/2011 a 12:38

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