cardomaximo

Columnas periodísticas, intervenciones radiofónicas, escritos…

Archive for junio 14th, 2011

Elogio y defensa del político

leave a comment »

Miles de ciudadanos salieron a las calles de todos los pueblos de España el sábado para hacer política. La mayoría es gente normal y corriente, con su trabajo o su desempleo a cuestas, maridos celosos o esposas cariñosas, hijos ingratos y padres amorosos, gente que paga impuestos o cobra poco, que se alegra en las bodas y llora en los funerales, que juega a la lotería por si le toca un pellizco, que duerme con las ventanas abiertas y no teme a nadie, que saluda a los conocidos cruzando la calle o que ignora a los enemigos, «son buenas gentes que viven, laboran, pasan y sueñan, y en un día como tantos descansan bajo la tierra».

La mayoría ni siquiera cobra por hacer lo que hace. Su compromiso ideológico no va más allá de una confusa amalgama de ideas sobre la justicia, el bien común, la honestidad y el trabajo bien hecho barnizadas con según qué color dependiendo de en qué bancada se siente. Son personas a las que los vecinos van a buscar cuando tienen el más mínimo problema: para arreglar una farola, para bachear una calle, para que entre el niño en el colegio, para que metan al cuñado en la cuadrilla de jardineros, para que la abuela entre en la residencia, para que la granja de pollos se mude o se prohíba aparcar delante de la iglesia el día de la boda de la niña.

A cualquier hora, por cualquier motivo, a través de cualquier canal, esos miles de ciudadanos que salieron a la calle este sábado a hacer política saben que sus conciudadanos les van a hacer llegar sus quejas, sus anhelos, sus ideas, sus propuestas, sus reclamaciones, sus preocupaciones, todo lo que tenga que ver o no con el cargo público que acaban de jurar en unas ceremonias oficiales en las que todos iban de punta en blanco.

Sí, está muy bien corear en la calle que «no nos representan», pero esos miles de políticos anónimos que han comprometido su tiempo, su esfuerzo y sus energías al pueblo donde residen saben que tienen que atender incluso a esos vecinos indignados que los abucheaban a las puertas de las casas consistoriales.

Pensaba en ello el sábado por la mañana cuando llegó a la redacción el terrible mazazo de la muerte del padre de la recién elegida alcaldesa de Valverde del Camino, Loles López Gabarro, de quien sólo conocía el nombre y -desde ayer- la cara por una foto. El terrible precio que ha pagado esa joven política por ser alcaldesa -su progenitor sufrió un infarto entre el público que seguía su discurso de investidura- no merece la desconsideración de esos jóvenes y no tan jóvenes airados que no encuentran cauce a su protesta.

Porque si Loles y las muchas miles de Loles que hay en España no se hubieran atrevido a dar el paso de dar su nombre para ir en una candidatura política, someterse al escrutinio de sus vecinos y, eventualmente, asumir la responsabilidad de gestionar la cosa pública, este país no funcionaría: no se recogería la basura, no se limitarían los horarios de los bares, no se podarían los árboles, no se depurarían las aguas. Y se lo debemos a ella, a Loles y a muchos otros como ella, que se van dejando en el cargo público amistades, dedicación a su familia, tiempo de asueto

Y algunos, hasta la vida. Como el anterior alcalde de La Algaba, Marcos Agüera, muerto de un tumor cerebral a las dos semanas de haber ganado las elecciones municipales. O la salud, como es el caso del alcalde electo -aunque no efectivo- de Jimena de la Frontera, Francisco Pineda, en la UCI desde que sufrió un ictus cerebral en plena campaña electoral.

Cuando Juan Ignacio Zoido comenzó su discurso de aceptación del cargo de alcalde, tuvo palabras de recuerdo para Alberto Jiménez-Becerril y su mujer, asesinados por ETA sólo porque él era concejal del Ayuntamiento de Sevilla. En ese momento, los congregados fuera coreaban eslóganes vacíos o abucheaban a los políticos como habían venido haciendo toda la tarde. Y ahí sí que debemos plantarnos los que consideramos que, con sus imperfecciones y sus muchos defectos, este sistema representativo es el único que de momento garantiza el ejercicio pleno de la democracia.

Alberto Jiménez-Becerril podría haber escogido no dedicarse a la política. Su tío, Gabriel Rojas, habría sabido buscarle hueco en el organigrama de sus empresas. O habría conseguido plaza de funcionario después de unas oposiciones. Su mujer se ganaba la vida en los tribunales como procuradora. Tenían hijos, eran jóvenes y la vida les sonreía.

Los mártires de nuestra democracia -lo son, porque dieron testimonio más allá de su vida- merecen un respeto. El altar donde se sacrificaron tantos servidores públicos no pueden mancillarlo quienes nunca entenderán el valor del sacrificio supremo, aunque lo ignoren y por eso mismo lo desprecien, también en su nombre por mucho que griten.

javier.rubio@elmundo.es

13/6/11

Written by cardomaximo

14/06/2011 at 09:40