cardomaximo

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Si es sólo un ‘pinchacito’

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SEGURO QUE SE lo dijeron también a Zoido Alcalde o a Torrijos, tumbados en la camilla para ese bonito gesto de donar sangre de forma altruista. Bien por Torrijos, Zoido y por sus asesores de imagen –si es que ya los tienen– porque esos detalles parecen nimios, pero trasladan a la ciudadanía el impulso necesario para acercarse a poner el brazo para entregar 450 mililitros de sangre a quien le pueda hacer falta.

Bueno, pues en ese momento seguro que se lo dijeron: «No se preocupe, que  es sólo un pinchacito». Y ahí va la lanceta buscando la vena previamente cebada con la goma anudada al bíceps, que es lo más molesto de todo. De picotacito no tiene nada, pero es la forma que los enfermeros en particular y el personal sanitario en general han encontrado para rebajar la aprensión de los pacientes. Con el diminutivo parece que duele menos. Cómo llamamos a las cosas predispone la forma en que las percibimos. Y un pinchacito siempre es menos que un pinchazo, dónde va a parar.

Esto daría para una tesis de Filología Hispánica, por lo menos: el uso del diminutivo como elemento terapéutico para rebajar la ansiedad clínica. Llega uno a visitar al niño prematuro de unos amigos a la sala de neonatales con todas aquellas incubadoras y allí que está la auxiliar de clínica repartiendo «gorritos», «batitas» y «patuquitos». No importa si usted calza un 45 horma ancha y mide dos metros o le cabe el Estado de las Autonomías al completo en la cabeza. Nada. Y la amable profesional, sonriente a más no poder, va dirigiendo la operación de revestirse en cualquier sacristía del hospital antes de la prueba diagnóstica: «Tiene que meter por aquí el bracito y luego anudar los cordoncitos». ¡El bracito! Incluso de un culturista o de un picador. Para ellas siempre es el bracito y la piernecita.

Más de una vez he estado tentado de corregir a mi interlocutora. «Señorita, con estos pinreles y estos juanetes, ¿cómo se atreve a decir que me cubra el zapatito?». Pero qué va, si les sale del alma. «Es un momentito», le dicen al que se mete en el tubo de la resonancia magnética y luego lo tienen allí lo que haga falta. Para qué contradecirlos. En realidad, lo de quitarse el reloj no es porque pueda estropearse la prueba diagnóstica, es para que no podamos afearles esa conducta.

Quién se va a quejar por un «pinchacito de nada». A quién le va a parecer enorme una «agujita» y quién se va a asustar por el «tubito de la sonda nasogástrica». Y, encima, con una sonrisa que desarma. ¿Qué hace que todavía no ha ido a donar sangre? Si es un «picotacito de nada»…

javier.rubio@elmundo.es

21/6/11

Written by cardomaximo

22/06/2011 a 10:01

Publicado en ciencia, costumbres

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Una respuesta

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  1. Muy simpático el texto, me he tenido que reir y casi que te escuchaba contarlo a la vez que lo leía. Merece la pena escribirlo y comprendo que te premien por artículos como este.
    ¡Enhorabuena de nuevo y mucho ánimo para continuar con tan fructuosa labor!

    Me gusta

    Anónimo

    30/11/2011 at 00:07


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