cardomaximo

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Cuánta soberbia sobró

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NO BARAJAMOS ninguna otra opción de ubicación porque estamos convencidos de que los tribunales finalmente acabarán dándonos la razón”, decía el rector de la Universidad de Sevilla, Joaquín Luque, a preguntas de un internauta en un encuentro digital en ELMUNDO.es el 27 de mayo de 2010. Trece meses después, el convencimiento se ha esfumado porque el Tribunal Supremo ha dictaminado que la biblioteca central de la Hispalense no puede levantarse en los jardines del Prado de San Sebastián. En su sentencia, el Alto Tribunal viene a corroborar el meollo de la cuestión jurídica: por qué a la Administración pública le es dado cambiar de calificación una zona verde saltándose el procedimiento que esta misma Administración impone al resto de actores en el negocio del suelo sin mayor motivación que la voluntad de quienes intervienen en la recalificación.

Astutamente, el rector y su cohorte siempre han deslizado dos argumentos falaces para justificar la amputación de la parcela a unos jardines, si bien carentes de cualquier valor paisajístico, histórico o botánico. La Universidad quería hacernos creer que Sevilla no podía desaprovechar la oportunidad de contar con un edificio de la factoría Hadid, proyectado por catálogo sin que la diva iraquí ni siquiera se dignase poner un pie en Sevilla. La segunda excusa era que el interés general de una biblioteca universitaria tenía que prevalecer sobre el particular de unos vecinos quejumbrosos por las vistas que iban a perder desde sus balcones.

Pero nunca llegaron a razonar por qué habían elegido precisamente ese suelo que el planeamiento había definido como zona verde para levantar el edificio que iba a incorporar Sevilla a la modernidad arquitectónica. Es justo lo que el Supremo les reprocha: no haber sido capaces de convencer al tribunal de que no era posible localizar la biblioteca en ningún otro sitio que no fuera ese jardín.

Tenía que hacerse allí porque sí y no había más vuelta de hoja. Sobró toda esa soberbia de creerse en posesión de la verdad suprema, de interpretar caprichosamente el interés colectivo, de retorcer el procedimiento administrativo con tal de salirse con la suya, de ignorar la voz disidente de unos vecinos afectados y acallarlos sacando a relucir el enorme coste que tendría la paralización de la obra después de que encallara en los juzgados. Sobró la altanería de considerarse por encima de los demás.

Ignoro si ahora el rector magnífico baraja algún emplazamiento alternativo. No digo de la biblioteca, digo de él mismo.

javier.rubio@elmundo.es

23/6/11

Written by cardomaximo

24/06/2011 at 10:32