cardomaximo

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Ciudadanos, no clientes

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Lo siento, señor alcalde, pero yo no quiero ser cliente de mi ciudad. Ya sé que ha empleado usted la expresión como sinónimo de agilidad en la tramitación de toda esa infernal burocracia que obliga a personarse para casi todo. Y me constan sus buenas intenciones de que los servicios municipales funcionen como un reloj y sean tan eficientes como los que provee el sector privado, donde la competencia es feroz y estimula constantemente la capacidad de innovación para tener atendido al consumidor. Todo eso se lo admito, pero me choca que use esa voz para referirse a los ciudadanos, le hayan dado su voto o no, sobre los que gobierna como parte del -ahí, sí- contrato social que representan las urnas democráticas como fórmula de elección de la autoridad.

No me gusta la palabra cliente que usted ha empleado en la entrevista concedida a este periódico porque aquí todos sabemos lo que significa el adjetivo clientelar nacido de su misma raíz.

Y si por algo lo han votado a usted y a su partido los ciudadanos -intuyo, sin necesidad de recurrir al instituto de Antonio Pascual como usted mismo lo llama con sorna ma non troppo– es precisamente para desmontar esa tupida red clientelar en que se había convertido el Ayuntamiento de Sevilla y más concretamente los distritos municipales, donde los militantes de los partidos en el equipo de gobierno encontraban a menudo el colchón de supervivencia a cambio de asegurar el voto para el político de turno en las asambleas internas. Usted mismo lo tiene dicho: el único carné que va a hacer falta para trabajar con el Ayuntamiento va a ser el de identidad. Por eso me ha rechinado la apelación a la clientela, porque no quiero que nadie vuelva a usar el criterio del compadreo o la militancia compartida en su relación con el Ayuntamiento. Do ut des, nunca más. El ciudadano tiene unos derechos que están por encima de este mercadeo en que a los próximos se les premia y a los distantes se les castiga. No caiga usted en la tentación de cambiar una estructura por otra afín.

Los ciudadanos no somos clientes. Entre otras cosas, porque no somos libres de elegir quién nos proporciona el certificado de empadronamiento o escoger a qué organismo de la administración pública le damos nuestros impuestos para que los gestione atendiendo al bien común: ¡si se pudiera ejercer la objeción fiscal! Los monopolios no hacen clientes: toman rehenes, incapaces de zafarse del puño que los oprime.

¿Por qué este rechazo a que nos trate como clientes? Le pondré un ejemplo con la misma multinacional que pretende una modificación puntual del PGOU (antes llamada recalificación urbanística con todas sus letras) para que le salgan las cuentas de la inversión en construir una nueva tienda de muebles frente al aeropuerto de San Pablo y que, probablemente, va a convertirse en la piedra de toque de su acción de gobierno durante los próximos cuatro años.

A propósito de Ikea, porque es de la marca sueca de la que estamos hablando: ¿no son muchos 4.000 puestos de trabajo que se invocan constantemente si para la nueva tienda de Valladolid están reclutando a 250 trabajadores de entre las 34.076 solicitudes recibidas? En la capital castellana, la firma sueca construye una tienda de 34.700 metros cuadrados en un complejo comercial de 200 millones de euros de inversión sobre más de 100.000 metros cuadrados de inversión donde se prevé que se instalen 125 tiendas. ¿Por qué allí son 250 empleos y aquí van a ser 4.000?

Pues bien, Ikea es muy libre de tratar a sus clientes en la forma en que mejor considere. Si compro seis vasos Solbränd, una jarra Vänling y un cuenco de cristal Trygg, tendré que pagar por la bolsa de papel donde guardarlos después de pasar por caja. Pero si compro un millón de euros en vasos de plástico (a 0,99 euros la unidad), jarras de vidrio (a 1,99 cada una) y cuencos lisos (a 1,99 también), es más que probable que la empresa tenga un detalle conmigo y no sólo no me cobre el embalaje, sino que esté dispuesta a llevármelos gratis a donde yo diga. No hay ninguna norma que impida a un comercio discriminar a su clientela preferente o castigar a los últimos de la fila: Bankia puede cobrar dos euros al mes si el saldo medio es inferior a 2.000 euros.

Pero el Ayuntamiento que usted preside, señor Zoido, no puede tratar a Ikea o a quien quiera recalificar 41.000 metros cuadrados bajo la excusa de una inversión de 300 millones de euros de forma diferente a como lo haría con el propietario de una pequeña parcela de uso agrícola en Aeropuerto Viejo, pongamos por caso. Para usted y la Administración que preside, todos somos iguales y tenemos exactamente los mismos derechos: no puede descontarle el bonobús a los que más impuestos pagan ni puede regalarles un abono para aparcar en la Feria a los que más agua consumen. Es por eso que queremos ser ciudadanos, no clientes.

javier.rubio@elmundo.es

11/7/11

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Written by cardomaximo

12/07/2011 a 09:40

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