cardomaximo

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Idiosincrasia empresarial

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PROBABLEMENTE, SEVILLA sea la única ciudad del mundo donde si a uno le dan a elegir entre dirigir una multinacional con 26.000 empleados presente en 35 países con una facturación de más de 5.000 millones de euros al año y presidir una corporación nobiliaria con tres siglos y medio de historia a sus espaldas, propietaria de un coso taurino y pródiga en el mecenazgo de actividades benéficas y culturales, acabe escogiendo convertirse en teniente de hermano mayor bajo las órdenes directas de Su Majestad el Rey, que Dios guarde muchos años.

Luego, como distracción, a uno lo pueden nombrar presidente del consejo asesor territorial de otra multinacional en manos italianas (como este periódico, no vayamos a escandalizarnos ahora) para hacerse la competencia a uno mismo, que es una forma como otra cualquiera de llevarse la contraria, o tirar puntapiés por debajo de la mesa del consejo de administración donde se sienta como en familia.

Que encima repiquen las campanas y sea saludado como esos Hombres del Año a la manera estadounidense es ya mérito propio para hacerse perdonar las inconsistencias propias y saber sacar provecho de cada momento: por supuesto que no es lo mismo examinar ‘due dilligences’ para la absorción de una compañía rival que memorias justificativas para repartir el cheque benéfico entre asociaciones de caridad, pero la clave está en que parezcan igual de importantes a la vista de los demás. Porque ahí está el quid, en los ojos que nos ven.

Como los hijosdalgos del Barroco, ni más ni menos. Es curioso el interés de nuestros empresarios –y los hay de verdad, no como esas marionetitas que hacían dinero comprando suelos con el dinero de otros– por ennoblecerse y trenzar su árbol genealógico con el de las familias de más rancio abolengo de la ciudad, tal como se hacía en el Siglo de Oro. En el fondo, más que presumiblemente, late el deseo humano de reconocimiento social, que en esta bendita tierra parece que sólo puede pasar por la presidencia de alguna cofradía o un blasón de concesión regia.

Para ese propósito, poco importa que el título nobiliario sea reciente o alzara su estandarte en Gaeta y Garellano. Los reyes no mandan ya a sus capitanes a defender lejanos reinos de los invasores francos, sino que honran el nombre de los empresarios de más éxito que han contribuido a la causa de su reinado.

La burguesía ilustrada lleva las de perder en su pulso con la nobleza sobrevenida: ¿cotizarán estos títulos en el Nasdaq y no nos habremos enterado?

javier.rubio@elmundo.es

29/7/11

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Written by cardomaximo

30/07/2011 a 10:30

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