cardomaximo

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Astilleros se va a pique

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Una decisión política los fundó y otra decisión política los va a liquidar. Los astilleros de Sevilla, más allá de la histórica referencia a las atarazanas del siglo XIII, existen por obra y gracia del general Franco. A mediados de los años 50 del pasado siglo, España ofrecía un mercado laboral con sueldos bajos y escasa conflictividad laboral como para ofrecer a los armadores una tentadora oferta de barcos a buen precio. Sesenta años después, la industria naval es incapaz de competir en condiciones laborales con los gigantes asiáticos, con acceso al crédito financiero que aquí se ha secado.

La gran esperanza industrial que para la Sevilla franquista supuso el astillero de la empresa nacional Elcano se ha esfumado. Hay que recordar las palabras del discurso inaugural del proclamado caudillo el 24 de abril de 1956 para advertir en toda su intensidad la ruina de lo que un día fue el gran sueño industrial hispalense: «Yo espero que estos astilleros sean el jalón fuerte que abra a la industrialización las tierras sevillanas y que a él vengan a sumarse las iniciativas particulares, siguiendo este ejemplo que el Estado les ha dado».

La apelación a la iniciativa particular -ahora le llamamos privada- es la misma que acaba de haber la Consejería de Empleo, sabedora de que no queda ya sobre la faz de la tierra empresario suficientemente loco o embaucador como para quedarse con una empresa descapitalizada, que arrastra una deuda de casi 80 millones de euros, con tres buques empantanados a medio terminar, sin crédito posible y, lo que es peor, sin reputación alguna que la salve.

Cincuenta y cinco años ha durado el jalón de Franco que en su caída arrastrará a una industria auxiliar duramente golpeada por la crisis final de la factoría naval sevillana. No es sólo el fin de un esfuerzo industrializador basado en el uso intensivo de dinero y mano de obra, sino la desaparición de un modelo basado en el uso del dinero público como elemento tractor del despertar industrial de una zona. Al despertador de Sevilla se le han acabado las pilas después de estar sonando 55 años.

El anuncio por parte de la Junta de Andalucía del presidente Griñán de que no hay alternativa al cierre entierra definitivamente esa quimera que supuso levantar un astillero cien kilómetros tierra adentro, tras una esclusa cuya anchura limitaba la manga de los buques que se podían construir. Una quimera enterrada y un mito derribado hecho añicos: el de que nunca ningún político se atrevería a cerrar el astillero sevillano, tocado de un halo entre nostálgico y romántico, que lo hacía aparentemente invulnerable a las crisis periódicas que ha encadenado prácticamente desde los años 80 del pasado siglo.

Ha sido la actual crisis financiera y económica la que ha terminado por darle la puntilla a la factoría naval del Guadalquivir. Una Junta de Andalucía exhausta se ha visto incapaz de seguir prolongando una agonía de treinta años con sucesivos parches en forma de urgentes medidas de contención de gastos que se veían desbordadas nada más tomarse.

Sin el paraguas protector de papá Estado, las atarazanas sevillanas tenían poco margen de subsistencia, entre otras cosas porque les faltaba el oxígeno de una línea de financiación constante y suficiente. La apelación de los trabajadores a que la Junta de Andalucía avale ¡170 millones de euros! para terminar tres buques a los que ya han renunciado sus armadores porque no se les ha entregado en el plazo fijado no puede sino causar en el ánimo de quien lo escucha un sentimiento de conmiseración.

Probablemente, sea la mirada cortoplacista la que le ha hecho más daño al astillero que ahora se va a pique. Siempre había una cita electoral para sacar a relucir la demagogia, siempre había un político dispuesto a fotografiarse en cabeza de la manifestación, siempre había dinero público dispuesto para un aval, para una reducción de plantilla o incluso para pagar las nóminas a cambio de mantener la ilusión de que el astillero funcionaba y, sobre todo, de la paz social que proporcionaba la derrama de dinero del contribuyente.

Las sucesivas reconversiones navales desde la que puso en marcha Felipe González en los primeros años 80 tropezaban siempre con la salvedad de la factoría sevillana. Hasta que Europa obligó a privatizarlos sin más miramientos hace una década. El ‘boom’ de la construcción naval mundial de 2005 en adelante propició el espejismo en que ha vivido la factoría hasta que el estallido de la crisis de 2008 paralizó los pedidos, revocó las órdenes de compra y drenó el crédito financiero. Sin un grupo empresarial potente detrás, Astilleros de Sevilla era un barquito de vela a la deriva hasta que se ha ido definitivamente a pique.

javier.rubio@elmundo.es

19/9/11

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Written by cardomaximo

20/09/2011 a 09:15

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