cardomaximo

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Silencio, por Amor de Dios

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¿Y LE QUIEREN poner un monumento a Juan Pablo II a cuya estatua todavía andan buscándole sitio con lo grande que es Sevilla? El que lo está pidiendo a gritos -más adelante reparará el lector en esta contradictio in terminis más que evidente- es Benedicto XVI. Sólo por lo que ha dicho en Calabria en la homilía del pasado domingo merece este hombre el bronce de la eternidad. El Papa ha pedido silencio, por amor de Dios. No es que la cofradía tenga que dar un rodeo por esa calle para cruzar por detrás de la Macarena, sino que ha subrayado la «mutación antropológica» que está prodigando este mundo hipertecnológico en el que la mayoría de los jóvenes huye del silencio y prefiere ocuparlo con música banal.

Quien dice silencio, dice desierto, ayuno, renuncia, oscuridad, recogimiento, abstinencia, frío, soledad, introspección, abismo, meditación, celda, examen, apartamiento, ausencia… todas esas situaciones en que se hace preciso que cese todo ruido a nuestro alrededor para que fructifique el pensamiento.

¿Qué habría sido del hombre si no hubiera aprendido a callarse? Más que al lenguaje, al fuego, a la rueda o al iPad del finado Steve Jobs, la Humanidad le debe su progreso constante al silencio fructífero en el que han cavilado sus creadores. Desde Aristóteles venimos definiéndonos como animales que hablan sin darnos cuenta de que lo importante, lo que ha hecho del hombre un ser político con habilidades sociales es la capacidad para contenerse y guardar silencio.

Que un pontífice melómano como Ratzinger pondere las bondades del silencio le añade aun más valor porque es precisamente la música ligera la que rellena las horas del día de esos jóvenes enganchados a sus auriculares para no tener que escucharse a sí mismos y enfrentarse a su propia existencia sin la ayuda de esos compases que lo inundan todo a todas horas.

Amo el silencio por encima de todas las cosas. La buena música es sólo un sustituto, la perturbación sonora menos molesta por su armonía, pero no hay nada como la ausencia de sonido. Esto lo enseñaba a la perfección la película El gran silencio, que recreaba la vida cotidiana de los monjes de la orden de San Bruno en la Grande Chartreuse. En ese silencio fértil se fraguó Europa por más que en los libros se enseñe que fue el estruendo de los cañones en la batalla.

¿Por qué no prueba la Madre y Maestra a organizar un elogio del silencio cada cuaresma? Tenemos necesidad, más que nunca, de escuchar la música callada del alma.

javier.rubio@elmundo.es

11/11/11

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Written by cardomaximo

12/10/2011 a 10:37

Publicado en costumbres, educacion

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