cardomaximo

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El primer mantecado

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PREGUNTÁBAMOS AQUÍ mismo este miércoles qué razón de ser tenía que los comercios abrieran sus puertas al público en la que se presume solemne ocasión de la Fiesta Nacional como si tal cosa. La respuesta la hemos obtenido apenas borrada la estela de la Patrulla Águila sobre el cielo de Madrid: para que a los reponedores les dé tiempo a hacer sitio en las estanterías a los productos navideños. Hete aquí que, como por arte de magia de la noche a la mañana, ha aparecido en las baldas del supermercado toda suerte de mantecados, polvorones, peladillas y turrones de todas las variedades habidas y por haber.

Así que vamos a perpetrar el consabido artículo dedicado al primer mantecado aunque fuera el termómetro del jardín de las Delicias marcase 38 grados a las tres de la tarde. Esta columna ha de ser digna sucesora de las dedicadas a la primera caseta de Feria instalada –casi siempre la de la Esmeralda para que los operarios se puedan refrescar el gaznate– y a las primeras tirantas primaverales que tanto dio que hablar entre los amigos rijosos.

Si el primer nazareno que vemos el Domingo de Ramos suscita tantos comentarios laudatorios y tantos discursitos de pregón fallido, qué será lo que revuelva en nuestro interior la ingesta de este primer mantecado con su untuosa pastosidad pegada al cielo de la boca.

–Desde luego, con esta calor impropia, el primer mantecado lo que nos va a revolver son las tripas.

Sí, amigo, lleva usted toda la razón, que con esta moda de anticipar las fiestas del calendario vamos a acabar por comernos antes las mantecas que los huesos de los santos. ¡Por favor!, si todavía no se ha concedido el premio Planeta, ese libro que se regala por Reyes, cuya cena de entrega el viejo Lara hizo coincidir con la onomástica de su mujer Teresa. ¿Y en Bollullos, terminarán con un mantecadito el almuerzo bien regado de la romería de Cuatrovitas? ¿Cuánto tiempo van a estar rodando en la caja los de chocolate que no hay Dios que se los coma?

Ahora bien, si empieza la venta al público en fecha tan anticipada será porque hay una legión de ansiosos por comerse los polvorones antes de tiempo o será para descanso de los entrenadores de fútbol a los que la crítica deportiva señala tal producto como frontera imaginaria de su permanencia al frente del equipo tras el arranque liguero. Eso será así para todos menos para Pepe Mel, el entrenador verdiblanco, quien se va a meter entre pecho y espalda una milhojas en forma de libro titulado El mentiroso. A su salud.

javier.rubio@elmundo.es

14/10/11

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Written by cardomaximo

15/10/2011 a 10:46

Publicado en costumbres, economia, sevilla

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