cardomaximo

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Encierros en la Catedral

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EL CANCILLER DE San Pablo de Londres, el templo cristiano que antecede a nuestra sede catedralicia en el escalafón de mayores iglesias, ha dimitido en desacuerdo con el trato que la Iglesia Anglicana está dispensando al campamento de indignados plantado a las puertas del edificio religioso, cerrado a cal y canto para las visitas como no había sucedido ni en tiempos de los bombardeos nazis durante la batalla de Inglaterra. Lo más sorprendente no es que el canónigo (o su equivalente en la Iglesia de Inglaterra) haya renunciado al cargo, sino que lo haya anunciado en una red social. ¡Caramba, nuestros calonges ni se asoman a ese mundo virtual!

Básicamente, el reverendo Giles Fraser está disconforme con la orden del decano (algo así como nuestro deán) y del obispo de Londres de que la muchachada que pernocta en la explanada de acceso al templo empaque sus cosas y se quite de enmedio. Fraser llegó a dedicarles a los indignados londinenses su sermón dominical, materia en la que también adelanta por la izquierda (por dónde si no) a sus colegas hispalenses, de los que no se tienen noticias de haber apelado al 15-M en ninguna homilía reciente.

El caso es que en Sevilla también andan encerrados en la Catedral los representantes de los interinos de Educación a los que el nuevo cómputo de la Consejería ha dejado sin trabajo en el presente curso.

Llevan un mes justo por detrás de la puerta de la Asunción en un corralito con vallas amarillas donde descansan por turnos mientras imploran firmas de apoyo a los turistas, las beatas y el que se ponga a tiro. De momento, que se sepa, ningún canónigo ha pedido su expulsión del templo aunque una turista de Zaragoza consiguió que le devolvieran el precio de la entrada al recinto catedralicio tras quejarse de la cochambre del encierro.

No es la primera protesta en la historia del templo mayor de la ciudad. Por allí han pasado paisanos que se querían segregar del pueblo de al lado, ex mineros sin recolocar, trabajadores navales a medio despedir, jornaleros denunciados y hasta un torero que se encadenó pidiendo una oportunidad y al cabo de los años le llovieron contratos municipales.

En todos los casos, el cabildo metropolitano actuó con la paciencia infinita y el tacto exquisito que parece faltarles en Londres: antes o después, todos los encierros han terminado por propia voluntad sin necesidad de echar más leña al fuego. Sólo es cuestión de esperar y ver. A la Iglesia no le ha ido mal con esa táctica en estos dos mil años.

javier.rubio@elmundo.es

28/10/11

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Written by cardomaximo

29/10/2011 a 10:00

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