cardomaximo

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Un millón de brazos

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EL MILLÓN no es una cifra, es un mito. En Washington tuvieron su Marcha del Millón de Hombres en recuerdo de aquella otra a cuyo término el reverendo King compuso una de las piezas de oratoria política más sugerentes de la historia: «I have a dream». En El Rocío tienen su millón cada año venido a menos y en la Feria también se fanfarroneaba con el millón de visitantes como si pudieran caber. Un millón es lo que cobraba El Cordobés cuando Collins y Lapierre se fijaron en él para su reportaje novela O llevarás luto por mí, sólo que Manuel Benítez le llamaba kilo porque eso pesaba un fajo de billetes de mil pesetas con la cara de los Reyes Católicos. Un millón para el mejor era el premio de la época en la única televisión de España, por supuesto, en blanco y negro. Y los americanos tienen la costumbre de preguntarle (para aprender, que hasta en eso son pragmáticos) a los ricos de qué forma consiguieron su primer millón de dólares, que por lo visto marca la frontera entre tener o no tener, aunque uno no sea Humphrey Bogart.

Roberto Carlos quería tener un millón de amigos y Raquel Welch lucía cuerpazo en bikini prehistórico Hace un millón de años. Sanidad quiere conseguir un millón de pasos para combatir el sedentarismo, ese enemigo cardiovascular que mata sin levantarse del asiento y todavía hoy menudean los concursos televisivos en los que el premio consiste en atrapar un millón, ahora ya de euros.

De modo que cuando el Centro Regional de Transfusión Sanguínea ha anunciado que está a punto de alcanzar la cota del millón de donantes en sus veinte años de existencia cumplidos el 29 de noviembre pasado no es sólo que haya obtenido 973.086 unidades de hemoderivados en los puntos fijos y en las colectas de las unidades móviles, sino mucho más que todo eso con el gesto repetido un millón de veces de estirar el brazo para donar sangre.

No importa el oficio que se desempeñe ni los estudios que se tengan, ni el carácter ni el temperamento, qué más da dónde se haya nacido, ni el color de la piel, a qué dios se le rece o a qué partido se vote en las urnas. Da igual ser bético o sevillista, de Belmonte o de Joselito, de Triana o de la Macarena, rico o pobre, catedrático o iletrado, cualquiera vale para transmitir humanidad.

Esa cifra de donaciones al alcance de la mano encierra un millón de gestos altruistas, un millón de esfuerzos solidarios, un millón de brazos con las venas abiertas para regalar vida.

javier.rubio@elmundo.es

14/12/11

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Written by cardomaximo

15/12/2011 a 09:31

Publicado en ciencia, costumbres, sanidad

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