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Último aviso

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El avión bautizado con el nombre de España que pilota Mariano Rajoy desde hace dos semanas mal contadas sigue en cabecera de pista sin que se adivine el momento del despegue. De entrada, lo primero que ha hecho la nueva tripulación con la sobrecargo Soraya al mando ha sido pedir dinero a escote al pasaje para pagar el queroseno tal como iba subiendo la escalerilla del aparato: a apoquinar o nos quedamos en tierra.

A unos más y a otros menos, pero a todos se les ha exigido que aflojen la cartera para poder comprar justo el combustible mínimo para hacer escala en el aeropuerto de Francfort del Meno desde donde se dirige el tráfico aéreo (y monetario) europeo. Y la derrama no da para alegrías: al más mínimo viento de cara o con malas condiciones en el aeropuerto de destino, no hay ni para una maniobra de aproximación; tan sólo cabría un aterrizaje de emergencia y sálvese quien pueda.

Así que mientras cargan el combustible, sigue sin moverse la aeronave en la que viajamos contribuyentes y clases pasivas (ciudadanos todos), empresas, bancos e instituciones. El comandante alerta de un exceso de equipaje por lo que procede dejar en tierra parte de la impedimenta que lleva cada cual, en especial los viajeros institucionales que acostumbran a cargar con mucho sobrepeso.

Salvo los pasajeros de la clase Business, que se pueden permitir el lujo de facturar las maletas en otra aerolínea preferentemente de la blanqueadísima (por la nieve) Suiza, el resto tiene que viajar con cuanto posee. Los primeros en desprenderse de las valijas sobrantes van a ser los ministerios en cuanto el diputado por Sevilla y ministro de Hacienda Cristóbal Montoro termine de confeccionar el estudio sobre las empresas públicas y su necesario adelgazamiento.

Le seguirán las autonomías, que tienen que concentrar el recorte en las decenas de sociedades públicas constituidas en los años de bonanza como si el dinero no fuera a acabarse nunca y que ahora, vaya por Dios, se ha acabado. Y después le llegará el turno a los ayuntamientos, a los que también se les va a exigir que se desprendan de muchos kilos de más so pena de no despegar.

Y ahí es donde el presupuesto del Ayuntamiento de Sevilla, aprobado el mismo día que el hachazo fiscal a las rentas del trabajo, tiene todavía margen para reducir su peso. Si algo bueno ha traído el primer tantarantán del nuevo Ejecutivo ha sido el interés que, de repente, todo el mundo siente por el destino de su dinero administrado por los gobernantes. Es como si ahora todo el mundo cayera en la cuenta de los miles de husillos por los que se nos ha estado yendo el presupuesto todos estos años sin mayor provecho ni beneficio colectivos.

Por seguir con el símil aeroportuario, el equipo del alcalde Juan Ignacio Zoido –no sólo él, claro, sino el de todas las ciudades españolas– está escuchando por megafonía el último aviso (last call) para que los pasajeros rezagados acudan a la puerta de embarque oportuna si no quieren verse excluidos del vuelo.

Ese último aviso reviste la forma de una sugerencia aún no explícita del Gobierno de la nación, pero pronto va a transmutarse en un severo escrutinio de la opinión pública local que no entiende que el 10% de subida del IBI a la mitad de las viviendas de la ciudad se destine, por ejemplo, a costear con 3 millones de euros una televisión municipal exactamente igual a las tres o cuatro emisoras locales que compiten en el espectro radioeléctrico.

El alcalde Zoido y los suyos tienen un año para convencer a la ciudadanía de que las empresas públicas municipales como Lipasam o Emvisesa pueden funcionar mejor aún con un 20% menos de transferencias de capital ahorrando en costes fijos y mejorando la eficiencia de la gestión. De que su objeto social las hace indispensables como esa Sevilla Global de la que todavía no sabemos a qué se va a dedicar en concreto. Y de que es completamente necesario que estén en manos públicas para un mejor servicio a la ciudadanía, como sería el caso de Tussam.
Un año para convencer a todo el mundo de que el Ayuntamiento de Sevilla puede montarse en el avión donde nos hemos embarcado todos los españoles porque ha reducido el equipaje que lleva y no ocupa el asiento de ningún otro pasajero que intenta sobrevivir con la línea de crédito cerrada, el mercado deprimido y los costes salariales inamovibles.

Éste es el último aviso que estamos escuchando por megafonía antes de que se dé por cerrado el pasaje y la tripulación reciba de la torre de control de Francfort del Meno (de dónde va a ser) la orden de despegue. Los chicos de Zoido tienen que darse prisa en recorrer de punta a cabo la Terminal si quieren llegar a tiempo de abordar el vuelo. Un año, no hay más plazo, el último presupuesto: o eso o vender las joyas de la abuela, que ya sabemos todos cuáles son, porque no hay otras.

javier.rubio@elmundo.es

9/12/11

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Written by cardomaximo

10/01/2012 a 09:08

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