cardomaximo

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Fisiócratas y revolucionarios

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A ESTAS ALTURAS de la película, qué quieren que les diga, a mí no me parece nada revolucionario –entiéndase el adjetivo- que el señor conde con grandeza de España visite las instalaciones de la cooperativa de verduras envasadas de la finca El Humoso que laboran los jornaleros de Marinaleda. Qué va. Lo verdaderamente revolucionario es que de ese pueblo o del de al lado hubiera surgido un lumbrera que con cuatro perras hubiera puesto en pie un nuevo negocio con el que forrarse él y de paso sus vecinos sin necesidad de andar metiendo alcauciles en la lata. Ahí está la historia de Ikea y cómo el dueño puso ricos a sus conciudadanos de la aldea en la que se sacó de la manga la multinacional del mueble desmontado.
Que el señor conde hijo de la señora duquesa pose con una cesta de mimbre con las conservas elaboradas en la finca arrebatada a las manos muertas del Estado en una visita como de estado no es nada llamativo. En el fondo, las imágenes de Cayetano Martínez de Irujo flanqueado por Diego Cañamero y Juan Manuel Sánchez Gordillo desprendían un olor a naftalina que tiraba de espaldas.
De repente se vinieron abajo décadas de estereotipos. Allí nadie hablaba de repartir la tierra (pan y libertad, ¿no era eso?), expropiar a los terratenientes o contratar a los braceros para regabinar aunque no fuera tiempo, sino de regadíos y de comercialización: ¡qué más da de quién sea la tierra, si al final tiene que haber alguien en la cadena de producción –casi siempre, mujer- limpiando pencas de alcachofa para que los jerarcas de turno salgan en la foto!
Pecan de fisiócratas tanto el señorito como los jornaleros, amarrados a la tierra en los dos extremos de la escala social. Lo realmente subversivo en Marinaleda, como en tantos pueblos de nuestra Andalucía, es que de sus institutos hubieran salido decenas de alumnos preparadísimos con sus cursos de post-doc en las universidades de la Ivy League y que hubieran montado unas empresas con las que se hubieran forrado a ganar pasta y que, al cabo de 30 años de estar por ahí lejos, hubieran legado a su pueblo una biblioteca o una guardería con los últimos adelantos para borrar la estupidez del señor conde de que “a unos les toca nacer en un sitio y a otros, en otro”. La igualdad de oportunidades para abrir horizontes y hacerse rico sólo la procura la instrucción. Todo lo demás es envasar encurtidos y varear olivos. A quién narices le va a importar a estas alturas de quién son los olivos.

javier.rubio@elmundo.es

12/1/12

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Written by cardomaximo

13/01/2012 a 09:05

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