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‘In dubio pro reo’ (16/2/09)

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‘In dubio pro reo’

JAVIER RUBIO SEVILLA| Pág. 2

16/02/2009

Como las cajetillas de tabaco, este artículo debería incluir una advertencia similar no sobre su peligrosidad, sino sobre su carácter montaraz y arriscado. Así que absténgase de proseguir el lector que busque un huero ejercicio de estilo a propósito del crimen de Marta del Castillo, con consideraciones paternalistas sobre la falta de valores, el fracaso educativo o la crisis de la familia, que toda esa agua se ha arrimado al molino.

No. Este artículo quiere salir en defensa de Miguel C., asesino confeso de la adolescente, juzgado sumariamente y condenado en el tribunal de la opinión pública aun antes de que se le haya puesto a disposición de un juez. La detención policial, en este caso, le ha librado del linchamiento público para el que, seguramente, se presentarían no pocos voluntarios de entre la jauría humana que lo ha sentenciado.

¿Habrá que recordar que el chulángano Miguel C. es todavía inocente? ¿Y que la culpabilidad del horrendo crimen que se le imputará hoy cuando comparezca ante el juez tendrá que ser probada oportunamente en un juicio con las debidas garantías procesales? ¿Y que su confesión no es en absoluto suficiente para decretar su responsabilidad penal? Puede, como todo apunta, que Miguel C. sea un desalmado, pero no ya por haber dado muerte a la chiquilla, sino por no haber tenido la gallardía de confesarlo todo en el cuartelillo a la mañana siguiente ahorrándole así a su familia tres semanas de angustia. Sólo que esa felonía a la propia conciencia moral del individuo no se juzga en ninguna sala terrenal.

De modo que lo único que le compete a la justicia humana es dilucidar si efectivamente mató a Marta y en qué circunstancias, a la luz de los agravantes y eximentes que la ley estipula. Conviene recordar todo esto, que es palmariamente conocido, para no llamarse a engaño ni escandalizarse cuando la defensa del principal acusado esgrima una ofuscación amorosa como enajenación transitoria o levante el parapeto de la intencionalidad para defenderse del homicidio doloso.

Hablamos en hipótesis, claro está, porque los detalles están secretos en el sumario, pero hay que estar prevenidos, como sociedad, para encajar todas esas argucias legales que arañen unos años de las previsibles condenas «orientadas hacia la reeducación y reinserción social», como sostiene la Constitución. O sea, que tendrá derecho a una segunda oportunidad.

La familia Del Castillo Casanueva ha hecho alarde de fortaleza desde el 24 de enero; a quienes juzguen a los criminales, se les pide, además, justicia; a los que manejamos la información, prudencia; y al resto, templanza.

Ajuste de cuentas

Justo lo que se echa en falta. A eso conducen las excitaciones sociales. Y, esta vez, no podemos echar mano de la socorrida culpa de los medios de comunicación, porque éstos han ido por detrás de las redes sociales de internet. Es en ese reino de lo efímero y de lo impostado donde ha tenido lugar, primero, una impresionante movilización para la búsqueda y, luego, un ajuste de cuentas sórdido y descarnado con el principal sospechoso, despojado de intimidad, señalado con coroza virtual, exhibido en decenas de fotos a la vista de todos y colgado -nótese la intencionalidad del verbo- para mayor escarnio. ¡Y sin que el fulano haya puesto todavía un pie en el despacho del juez!

Ayer, en estas mismas páginas, Teresa López Pavón aludía al amor ciego como origen de muchos males, no necesariamente milimétricamente aplicado al caso. Pues igual de perniciosos resultan todos los sentimientos cegadores. Por eso la justicia se toma su tiempo y se hace en frío, para que se aplaquen los calentones emocionales que llevan a los amigos de Marta a rebuscar en sus listas de amigos, hallar las fotos comprometedoras y airearlas como la única venganza a su alcance.

La única ciega ha de ser la Justicia, pero el resto tenemos que tener bien abiertos los ojos para que no se nos escape un discurso retrógrado que nos devolvería a la Ley del Talión. Los foros en internet echan humo pidiendo la cadena perpetua -al menos, se quedan un escalón por debajo de la pena máxima, algo es algo- para los dos detenidos sin hacer distingos. Pero los que tenemos alguna responsabilidad en el ágora, estamos obligados a templar y a aplacar la fiebre vengativa si queremos conducirnos como una sociedad civilizada.

Lo que procede es que el presunto asesino comparezca y quien quiera, o sepa, rece por la muchacha, cuya memoria deberíamos velar entre todos, haciendo desaparecer, por ejemplo, su imagen de vitalidad inocente de las miles de octavillas pegadas por la ciudad y de las miles de páginas vertidas en internet. Sea ese nuestro humilde sudario para amortajar su recuerdo.

javier.rubio@elmundo.es

Written by cardomaximo

13/01/2012 a 12:48

Una respuesta

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  1. […] todo eso ya lo sabíamos, ¿verdad? Algunos –los menos, todo hay que decirlo– lo habíamos dicho entonces, tan temprano como a los dos días de la detención del asesino y sus amigotes, cuando tenía más […]

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