cardomaximo

Columnas periodísticas, intervenciones radiofónicas, escritos…

Archive for enero 17th, 2012

Crimen con castigo

leave a comment »

Si veinte años de cárcel les parece poco a todos los que han clamado contra la «injusticia» de la sentencia por el asesinato de Marta del Castillo, podemos pensar entonces en que el único mayor de edad condenado por este crimen pase aherrojado el resto de su vida picando piedra en un campo de trabajo para complacer a todos aquellos que ven «desproporcionada» la mayor pena que se puede aplicar en España por un asesinato alevoso sin premeditación con respecto al daño sufrido por la adolescente y el castigo posterior infligido a su familia.

Pero existe el inconveniente, ciertamente nada menor, de que nuestro ordenamiento jurídico no aplica penas de privación de libertad como castigo por el daño cometido sino con el propósito, más que loable, de que el delincuente se aparte del camino equivocado, se reintegre a la sociedad y no vuelva a delinquir. Con nombres y apellidos, por muy chocante que nos resulte leerlo: lo que queremos de Miguel Carcaño –sí, de este fulano indeseable al que no podemos despojar de su dignidad como persona– es que se reforme y salga a la calle dentro de veinte años (o el tiempo de condena efectiva que cumpla) convertido en un tipo sociable. Vale, si quiere no tiene por qué ceder el asiento a las ancianitas en el autobús, pero lo que no puede hacer de ninún modo es ir matando muchachas.

Y Carcaño –tan chulo, egocéntrico y despiadado como queramos pintarlo– tendrá derecho a sus permisos carcelarios, podrá estudiar en prisión, aprender un oficio e incluso trabajar para ganar la calderilla con que pagarse los vicios legales permitidos entre rejas como, por ejemplo, fumar. Así que todos los que propugnan encerrarlo en una mazmorra de por vida y tirar la llave al mar tienen que saber que nada de eso puede hacerse con las leyes en la mano. Incluso después de matar a una chiquilla de un golpe, incluso después de haberlo confesado fríamente en el juicio.

Pero todo eso ya lo sabíamos, ¿verdad? Algunos –los menos, todo hay que decirlo– lo habíamos dicho entonces, tan temprano como a los dos días de la detención del asesino y sus amigotes, cuando tenía más mérito porque todas las voces incitaban al linchamiento o, en su defecto, a un juicio sumarísimo en el que la propia confesión tuviera el valor de prueba irrefutable.

Así que ahora en que ha caído sobre él el peso de la Ley –¿a este pájaro también le va a conceder el magistrado en excedencia alcalde de Sevilla el beneficio de la duda sobre su inocencia hasta que haya sentencia firme como al presidente del primer club de fútbol de la ciudad?–, hay que volver a decirlo aun a riesgo de que nos arrolle la turba sedienta de venganza y a la que la mayoría excita, en vez de aplacarla, con proclamas sobre injusticias supuestas.

Habrá pues que recordar que claro que el crimen ha quedado castigado: nada menos que veinte años de condena para el único acusado contra el que se han podido reunir pruebas de culpabilidad. Y eso es lo único que han tenido en cuenta los magistrados de la más polémica sentencia dictada en Sevilla en los tiempos modernos: las pruebas que se les han presentado para que las enjuiciaran. Sin pruebas no se puede destruir la presunción de inocencia que constituye la clave del arco de nuestro ordenamiento jurídico. Por lo visto, hay que repetirlo a ver si cala en la muchedumbre aullante.

La mayoría de sus usuarios es tan joven que no tiene por qué recordar el otro gran crimen que disparó la atención de la opinión pública sevillana –a su nivel, por supuesto, en una época sin televisiones ni ordenadores– tanto como lo ha hecho el de Marta del Castillo desde hace tres años. Sucedió el 11 de julio de 1952, cuando dos hermanas solteronas que regentaban un estanco de la avenida Menéndez Pelayo aparecieron muertas en su negocio sin rastro de que hubieran robado.

La expectación popular en aquella Sevilla aletargada por el estío y ávida de sucesos se disparó aquel verano en cuanto se supo de las detenciones de tres tipos de los bajos fondos a los que se les cargó el doble asesinato tras «arrancarles» –el entrecomillado es de la época, lo que sugiere el expeditivo método aplicado durante las 18 horas ininterrumpidas de interrogatorio– una confesión que valió para que dictaran, sin más pruebas concluyentes en un juicio repleto de irregularidades, sendas sentencias de muerte para El Tarta y sus dos compinches, finalmente ajusticiados en Ranilla el 4 de abril de 1956.

Con sus imperfecciones –por ejemplo, el relato de los hechos flaquea ostensiblemente del lado del móvil de Carcaño para cometer un acto tan desmedido en una simple bronca amorosa– y sus contradicciones –la sentencia  choca con la anterior–, el sistema está a salvo de cometer ahora injusticias como ésta aun a riesgo de que algún culpable consiga eludir su largo brazo por borrar huellas. Convendría pensar en El Tarta y no en Carcaño la próxima vez que se hable de injusticia.

javier.rubio@elmundo.es

16/1/12

Anuncios

Written by cardomaximo

17/01/2012 at 08:57