cardomaximo

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Una discusión por las nubes

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El primero que acuñó el rascacielos del sur de la isla de la Cartuja como símbolo sabía lo que hacía. A estas alturas del debate, no hay manera de despojar a esa vulgar construcción de catálogo del carácter simbólico con el que se la ha querido asociar prácticamente desde su concepción como hito arquitectónico. Cómo se habrá hinchado el símbolo, que ya abarca incluso la dignidad de la ciudad.

El edificio de oficinas de 178 metros de altura se ha convertido así sucesivamente en una metáfora demostrativa de nuestras propias fuerzas, de la pujanza de nuestra caja de ahorros, de la capitalidad andaluza y, sobre todo, del progreso y la modernidad como si la ciudad anduviera a tientas oprimida por mentes retardatarias temerosas de romper el techo infranqueable de la Giralda. ¿Habráse visto pamplina más grande? Pues sí: la que sitúa en la irrenunciable potestad para levantar el rascacielos nada menos que la dignidad de toda una ciudad en general y de algún bolsillo en particular. Claro que esto último no se dice abiertamente: esa costumbre tan nuestra de no hablar de dinero, por supuesto.

Porque al final, todo esto es una cuestión de dinero. Ya lo verán tanto si sigue adelante la obra como si se paran los trabajos. Dinero que antes había y que ahora escasea, dinero que cuesta bombear el hormigón cada vez más alto y dinero que cuesta indemnizar por hacer tabla rasa, dinero que alguien tendrá que seguir poniendo tanto para levantarla como para tumbarla. Se admiten apuestas –¿lo ven, el maldito parné?– de qué bolsillos saldrá en cualquier caso.

Bien, si es cuestión crematística, dejemos los símbolos a un lado. Olvidémonos de la Giralda, desmochémosla de una vez y construyamos no uno sino varios rascacielos para que los ocupen las empresas que ahora no existen. Si tanto empleo crean esos monstruos arquitectónicos, hagámoslos brotar no ya en la Cartuja sino en pleno centro de la ciudad: ¿qué tal en la trasera de la plaza de Armas, donde los cimientos del que proyectaron Pérez Escolano y González Cordón todavía aguantan?

Dejemos a un lado el simbolismo porque ése es el anzuelo en el que querían que picásemos para llevar la controversia a un terreno abonado en el que se mezclen las cofradías de la acendrada religiosidad popular, la mentalidad opresivamente conservadora de los habitantes y la falta de expectativas económicas.

De modo que la ciudad inevitable que nos construyen una y otra vez las fuerzas económicas sobre el interés de los ciudadanos disfrazó groseramente la apertura de una superficie comercial más –con sus outlets, sus multicines, sus hipermercados y sus restaurantes franquiciados– con el ropaje de un hito arquitectónico. Otras veces habían puesto por delante un nombre, una vaca sagrada de la arquitectura como ocurrió con el proyecto Stirling, como repitieron con la biblioteca de Zaha Hadid y como pretendían hacer con Isozaki, Nouvel, Foster y Vázquez Consuegra en el solar de la Cruz del Campo.

Pero en la misma entrada de la ciudad por las autopistas de Huelva y de Mérida hacía falta un símbolo más rotundo. Y ahí apareció el rascacielos. Mientras hemos estado mirando la torre Pelli (por más que el argentino ni llegara a sacarla de pila), no hemos estado viendo el disparate que estaban plantando a sus pies: el coloso comercial que colapsará el tráfico de la zona.

Puede que los 63 metros alcanzados por el rascacielos sean suficientes para el objetivo que se perseguía. Y que ahora, tras esta inmensa polvareda, se pare la obra: tampoco tiene mucho sentido económico seguir adelante si Banca Cívica tiene que devolver 900 millones al Estado antes de 2015.
Así que negociarán en una mesa de camilla, como les gusta a ellos. Y los metros cuadrados de más acabarán repartidos a ras de suelo, repercutidos en el mismo solar o compensados en otra zona para que alguien siga haciendo sus negocios sin importarle lo más mínimo las consecuencias de sus actos.

El resultado, es fácil presagiarlo, no contentará a nadie. Ni a los detractores ni a los defensores de la construcción. Lo más probable es que quede recortada como un muñón, como la incapacidad de la ciudad no ya para deshacerse de los viejos fantasmas que la atenazan sino para hacer oír su voz, sea cual sea.

En Dresde, la única ciudad europea a la que la Unesco borró de su lista de excelencias patrimoniales, los ciudadanos pudieron votar en un referéndum si seguían adelante con un puente –el simbolismo es profundamente más pragmático que el de un capricho arquitectónico, que eso es un rascacielos– o desistían para no perder el marchamo de patrimonio de la Humanidad.

¿Por qué no se hace aquí lo mismo? ¿Por qué no vamos a tener la dignidad –sí, la dignidad, señor ingeniero– de decidir entre todos lo que nos compete a todos? Y así aterrizaría la discusión en vez de seguir por las nubes.

javier.rubio@elmundo.es

23/1/12

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Written by cardomaximo

24/01/2012 a 09:30

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