cardomaximo

Columnas periodísticas, intervenciones radiofónicas, escritos…

Los niños que vienen de París

with 2 comments

EN ESTADOS UNIDOS están a punto de descubrir a los niños franceses. Más concretamente a los niños bien de los barrios pijos de París, pero eso es lo de menos. El libro Los niños franceses no tiran la comida: secretos paternales de París tiene todos los visos de convertirse en un best-seller: trata de un tema que cualquiera puede experimentar en su vida diaria. ¿Quién no se ha sentado al lado de una bandada de niños revoltosos y chillones en un restaurante? Y no necesariamente tiene que ser una comunión, que parece el terreno abonado para que los niños –y los no tan niños– acaben revoleando servilletas, tirándose migas de pan, volcando refrescos y desperdiciando comida.

El volumen –al menos de lo que se desprende de su recensión– nació cuando la escritora Pamela Druckerman (madre de tres vástagos) se sorprendió a sí misma pugnando con sus hijos para que se comportaran en un restaurante de lujo mientras alrededor los niños franceses usaban los cubiertos para comer sentados a la mesa mientras sus padres charlan tranquilamente durante la comida. Peor aún: mientras a sus propios hijos no había quien los sacara de comer pasta a todas horas, los amigos franceses eran capaces de degustar pavo a la albahaca con arroz sobre un lecho de crema a la provenzal.

La clave, según descubre la autora con un amplio abanico de anécdotas, está en que los padres franceses enseñan a sus hijos a ser pacientes sin que tengan que conseguir todo lo que piden al minuto y les ponen límites (¿les va sonando la música?) con la expresión francesa ça suffit que aquí podríamos hacer pasar por nuestro castizo ‘ya vale’ en tono de seria advertencia más allá de la cual se extiende el ignoto universo de la reprimenda paterna en sus más variadas formas.

En Estados Unidos, tan pragmáticos, han resuelto la cuestión distinguiendo entre restaurantes familiares y el resto de establecimientos en los que los niños no son bienvenidos. Muerto el perro, a los que tampoco dejan entrar, se acabó la rabia que da que los niños de la mesa vecina te den el almuerzo.

Aquí, donde somos como somos, los niños se comportan como angelitos negros (y créanme que no hay atisbo racista en el adjetivo) del Bronx y no hay ni dios que rechiste por más que hagan del almuerzo una tortura (infinitamente superior al suplicio de las treinteañeras cotorronas) para el resto de comensales. Será porque los padres habrán salido a echar un pitillo y dejar la puerta asquerosa de colillas. Asunto éste que merece otro artículo, por lo menos.

javier.rubio@elmundo.es

26/1/12

Anuncios

Written by cardomaximo

27/01/2012 a 09:21

Publicado en costumbres, cultura

Tagged with ,

2 comentarios

Subscribe to comments with RSS.

  1. Después de leer el articulo quise adquirir el libro, pero no lo encontré en librerías antártica ni en feria chilena del libro.
    Me pueden contar como puedo conseguirlo??

    Gracias!

    Me gusta

    Daniela

    05/02/2012 at 04:08


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: