cardomaximo

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Sevilla, de tarde en tarde

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Ferran Serra

DE VEZ EN CUANDO, Sevilla brinda tardes como ésta: fría, desangelada y llana como la estepa calmuca. Bellas tardes de invierno, claras como el agua y frías como el mármol; silentes, plácidas, cómodas, desahogadas y hasta un punto melancólicas. No todo van a ser arreboles a la atardecida, altos soles de mayo y lluvias emboscadas de abril. También las tardes del tardío enero y el temprano febrero, cuando la Candelaria, merecen su rapsoda. O mejor, su cronista porque no hay poesía en esas tardes suaves y leves como un soplo del invierno atrincherado antes que el calor de mediados de marzo lo derrita/derrote hasta el año que viene.

Hay poca gente por la calle, acobardados con el viento gélido que se cuela a traición por las esquinas tranquilas del centro de la ciudad. En los comercios, los dependientes aguardan a los clientes que no llegarán y las tiendas de regalos sueñan con los turistas que ya no vendrán. Un guitarrista tiñe de azul la Avenida con un blues que le da un aire cosmopolita a la escena como si en lugar de en Sevilla esa calle y ese frío y ese cielo raso estuvieran más al norte, en el corazón de Europa. Tras los cristales del café, cuatro o cinco muchachas arrellanadas –una, incluso descalza sentada sobre los pies– curiosean el mundo de cerca y de lejos a través de la ventana de sus ordenadores portátiles. A través del ventanal de la cafetería se ve a lo lejos un coche de caballos con una pareja de forasteros ateridos bajando por Santo Tomás hasta que se acerca más y resuenan entonces los cascos sobre los adoquines. El tranvía pasa pesado y lento como desperezándose de la siesta a media tarde. Dos cocheros, con su gorrilla de cuadros y las manos rojas del frío, se acercan a pegar la hebra con el del puesto de castañas sin que a ninguno de los tres le importe matar el tiempo esponjoso de la tarde. Se irán cuando caiga la noche, pero no hay nada que hacer entre tanto. Sólo esperar que se apague el fulgor del día.

Nada hay que altere el cadencioso ritmo de la ciudad, con su corazón en reposo. No hay apresuramiento en apurar la tarde escabulléndose entre los dedos de una Sevilla remansada, como esos amores crepusculares a los que no les hace falta el frenesí de la juventud porque han llegado a la memorable tranquilidad de espíritu que da envejecer junto a quien se ama.

La tarde va cayendo como un párpado infinito, lento y remoto. Sevilla tiene ese aire de tranquila ciudad de provincias que debió de perder hace muchos años, o no tantos. No hay nada que hacer, sólo quererla tal como es, como se quiere a los viejos amores: de tarde en tarde.

javier.rubio@elmundo.es

1/1/12

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Written by cardomaximo

02/02/2012 a 09:37

Una respuesta

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  1. Muy bueno, gracias.

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    Ferran

    12/08/2012 at 00:07


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