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Gobernar sin un plan B

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Quién iba a decir que tras cuatro años de trabajada oposición municipal y ocho meses después de tomar posesión de la Alcaldía, Juan Ignacio Zoido fuera a parecerse a esos gerifaltes del Partido Nacionalista Vasco que, por cálculo electoral, se limitan en cada comunicado o en cada intervención pública a pedir el fin de ETA. Creen los nacionalistas –o eso quieren hacernos creer– que la desaparición de la banda terrorista depende en exclusiva de reiterar esa petición hasta el aburrimiento. Pero no desean ir ni un centímetro más allá.

En cierta forma, es así como se encuentra la ciudad de Sevilla con el rascacielos de la Cartuja. El alcalde Zoido se cansa de repetir que la caja de ahorros –o lo que jurídicamente sea en la actualidad– promotora del inmueble no va a consentir que Sevilla pueda quedar excluida del listado de ciudades con monumentos patrimonio de la Humanidad. Y de ahí no pasa ni un milímetro.

¿Alguien sabe qué hacer en el caso de que ETA no esté dispuesta a disolverse como reiteradamente le piden desde el PNV? Claro que no. ¿Alguien sabe qué hacer en el caso de que a la entidad financiera responsable del proyecto le importe una higa la protección monumental que brinda la Unesco? Parece que no. Lo sorprendente es que, a estas alturas (concretamente a la de la planta vigésima de un total de 43), nadie en el Ayuntamiento sepa qué hacer. Tiempo han tenido para evaluar las consecuencias, estudiar detenidamente la cuestión y proponer una solución que necesariamente tendrá que dejar descontentos en uno de los dos bandos enfrentados. El nudo gordiano que deshizo Alejandro Magno de un mandoble es nada al lado del atolladero en que están el Ayuntamiento y la ciudad.

Da la impresión de que Zoido gobierna sin plan B. Que sólo confiaba en la buena disposición de Cajasol para detener las obras en cuanto el organismo que sirve de consultor a la Unesco dijera que está en peligro la declaración del centro histórico como patrimonio universal. Pero la caja de ahorros, lejos de amilanarse, ha seguido adelante con su obra quizá porque ya no puede dar marcha atrás cuando lleva invertidos alrededor de cien millones de euros (la cantidad exacta también está sujeta a controversia) en plena crisis. Y ahora qué.

No hay alternativa. Por más que la pida el líder de la oposición, Juan Espadas, sin proponer la suya propia. O se para el rascacielos o Sevilla pierde la escarapela de la Unesco, más que probablemente. ¿En todo este tiempo nadie se había parado a pensar en otra opción cualquiera que fuese? La acusación de improvisación o de falta de fondo es más que simple retórica.

Máxime cuando la cuestión del rascacielos se pone en conexión con el plan de acceso al centro histórico y comercial de la ciudad. Ocho meses de vacilaciones, dudas, globos sonda, señuelos y retrocesos han culminado ahora en la constatación de que no hay más  plan de movilidad para el centro que el que hay sobre la mesa.

Primero se derogó el que Monteseirín y su hombre de confianza, Francisco Fernández, improvisaron sobre la marcha con graves molestias a los vecinos e innumerables perjuicios a los comerciantes de la zona restringida al vehículo particular. Luego se sacaron de la manga esa abracadabrante comisión de investigación que resultó ser un fiasco mayor del que se trataba de examinar; más tarde, se repusieron la zona azul y las paradas de autobuses en la plaza del Duque aunque se remitía la solución final a un nuevo plan integral que iba a concordar –o eso se decía– los intereses de todas las partes implicadas. El propio delegado municipal así lo anunció, creando la expectativa de que el equipo de gobierno estaba decidido a remangarse en esta tarea en la que tan desastrosamente habían fracasado sus antecesores.

Finalmente, se ha dicho que no habrá tal plan de acceso al centro histórico ni nada que se parezca mínimamente a una estrategia –del sentido que sea– de movilidad en la zona. Eso es lo que hay y no hay más. ¿De verdad que en el PP municipal nadie se había sentado a pergeñar siquiera un bosquejo de cómo debería organizarse el tráfico y los accesos de particulares al centro de la ciudad? ¿Todo se supedita a la construcción de la línea 2 del metro? ¿Y qué pasa si se retrasa la ampliación o no hay dinero para acometerla o no hay voluntad política? ¿No se puede hacer nada mientras que no sea cruzarse de brazos y esperar?

Gobernar sin plan B está bien cuando te encuentras al borde del precipicio y tienes que convencer a los que tienen la cuerda para salvarte de que estás dispuesto a saltar con todas tus fuerzas para salvar el abismo bajo los pies. Véase la reforma laboral que acaba de anunciar el Gabinete de Rajoy. En el resto de los casos, gobernar sin una salida es cuando menos una irresponsabilidad.

13/2/12

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Written by cardomaximo

14/02/2012 a 09:43

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