cardomaximo

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La manta de Guerrero

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Mientras hubo sitio a bordo de los botes salvavidas fletados por la generosidad de la Junta de Andalucía, no hubo ningún problema. En el fondo, la gente empezó a acostumbrarse a calcular su jubilación no a partir de los 65 años reglamentarios sino de los 55 o incluso antes si se había tenido la suerte de entrar a trabajar en una gran compañía multinacional o en un negocio bien conectado con el círculo de sindicatos, bufetes, aseguradoras y empresas a las que la Junta de Andalucía proveía con munificencia mientras estuviera engrasada la maquinaria convenientemente. La manta de Javier Guerrero –si bien no era suya, habían delegado en él para la gestión cotidiana– aportaba suficiente confort a todos los que se arrebujaban en ella.

A cambio de garantizarse la paz social, a cambio de aumentar la productividad nominal de las plantillas mediante sucesivos expedientes de regulación de empleo, a cambio de una importante porción del dinero que se movía en las transacciones, a cambio de asegurarse una clientela recurrente, a cambio de conseguir una paguita respetable con la que ir pasando los años hasta cumplir la edad de la jubilación sin mayor contratiempo, el sistema funcionó.

Precisamente porque todo el mundo implicado encontraba una justificación en él y sacaba tajada: el gobierno de la Junta de Andalucía, los empresarios, los sindicatos, los abogados, las mutuas, los trabajadores… Y luego, de paso, los pícaros, los caraduras, los sinvergüenzas, los aprovechados, los trincones usaron de la manta para cobijarse ellos y quienes quisieron al calorcito del dinero fácil que la Junta iba repartiendo a través de Javier Guerrero. Eso fue lo que pasó.

Y conviene no perder de vista que, antes de la corrupción, de los golfos que ahora se asoman a los periódicos, fue el sistema de supuesta protección a los trabajadores y a las empresas el que adormeció las conciencias. Los trabajadores se iban a la calle, pero confiaban en la palabra de las autoridades de Empleo para que no levantaran mucho la voz porque había dinero para repartir. Los sindicatos protestaban lo sucinto para que nadie pudiera pensar que estaban en el ajo. Los empresarios se conchababan con las autoridades para eludir sus responsabilidades o plantear sus deslocalizaciones sin oposición más que aparente. Conviene no olvidar todo eso antes de entrar a discutir en el número de expedientes fraudulentos, la lista de actos administrativos falsos o fabricados a posteriori, el dinero repartido con discrecionalidad hasta caer en la arbitrariedad.

La manta de Guerrero daba de sí para todo el mundo hasta que empezó a deshilacharse y los que estaban cómodamente abrigados con ella empezaron a sentir el frío de la calle. El mismo frío que venían sintiendo los desamparados del sistema: los empleados de empresas que no sabían encontrar el camino para llegar hasta la ayuda especial o la subvención con la que financiar el ERE, los jóvenes con contratos temporales y precarios que ni podían soñar con su prejubilación, los inmigrantes que estaban a merced de los empresarios, las mujeres a las que las cargas familiares se le hacían un mundo para aceptar según qué trabajos y en qué condiciones.

El sistema no daba para más y dejaba fuera a decenas de miles de trabajadores que se fueron al paro sin más, frente al grupo de los favorecidos por el confortable calor de la manta de Guerrero. Lo más sarcástico de todo es que esos propios parados sin estrella pagaban, a través de sus cotizaciones y su contribución a los impuestos, el extraordinario andamiaje de protección para los que sí habían encontrado abrigo bajo el cobertor de la Junta de Andalucía.

El sistema andaluz de protección interesada para todas las partes implicadas se había mostrado muy eficaz en tiempos de bonanza, pero la crisis reveló su verdadero rostro: una engañifa monumental financiada a costa de transferencias de renta que había impedido la oportunidad de consolidar un verdadero ciclo de expansión económica sobre bases sólidas.

Esto es lo que conviene no olvidar: la manta no da para más. La desprotección de muchos desamparados es la que ha financiado la sobreprotección de los otros, mimados por los sindicatos, acurrucados por la Junta de Andalucía, acunados por los empresarios mientras las aseguradoras y los despachos profesionales les hacían carantoñas.

Conviene no olvidarlo: el aparentemente apacible sistema socialista en el que supuestamente no se dejaba a nadie detrás, era en realidad un entorno de competencia feroz en el que quien conseguía elevar su voz por encima del resto o tenía contactos cerca de los que disponían de los fondos públicos conseguían mayor ración. Conviene recordarlo ahora que se ve a los sindicatos en acción protestando por una reforma laboral que elimina muchas de esas cautelas que la Junta  hacía pasar por su embudo particular en el que lo ancho siempre era para los mismos y lo estrecho quedaba para el resto.

Lo de menos es la peripecia judicial, la instrucción sumarial o las revelaciones periodísticas. Lo de más es comprender que hemos sido víctimas de una descomunal hecatombe propiciatoria en la que se han sacrificado empleos y empresas en el altar de la paz social en beneficio exclusivo de los sumos sacerdotes de la Junta y sus levitas sindicales.


12/3/12

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Written by cardomaximo

13/03/2012 a 09:23

Una respuesta

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  1. Capitalismo de amigotes se llama. En el mundo académico, Capitalismo clientelista http://es.wikipedia.org/wiki/Capitalismo_clientelista

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    Luis Rull

    13/03/2012 at 09:30


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