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Sobre consensos y modelos

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La construcción de una ciudad viva –no un engendro pergeñado como la urbanización del Pocero en Seseña, pongamos por caso– tiene mucho de manto de Penélope con su tejer y destejer continuos, haciendo y deshaciendo a cada paso lo anterior. De ahí la necesidad de que los planes generales, que no son más que el dibujo con el que se va trenzando la urdimbre de este manto inacabable, salgan con el mayor consenso posible para que una amplia mayoría social respalde el modelo que la propia ciudad se da a sí misma para los años venideros. El PGOU de 2006 de la ciudad de Sevilla se aprobó por la mínima, con la exigua mayoría que entonces gobernaba el Ayuntamiento, lo cual siempre es un mal augurio como se acaba de comprobar la semana pasada en cuanto el actual equipo de gobierno ha decidido desandar el camino recorrido desde entonces con dos propuestas claves: un aparcamiento con plazas de rotación bajo el suelo de la Alameda y la conversión del edificio catalogado de la antigua comisaría policial de la Gavidia en superficie comercial.

Los detractores de la primera de las medidas propuestas por el equipo de gobierno de Zoido aducen en su rechazo al estacionamiento subterráneo que viene a contradecir el modelo urbanístico consagrado en ese PGOU que eliminó la posibilidad de nuevos aparcamientos bajo rasante que actúan como imanes de los vehículos privados, que pugnan por encontrar una plaza libre lo más cerca posible de su destino en el centro comercial de la ciudad. Nada que objetar… si no fuera porque quedó incompleto.

En efecto, el plan general dibujó un centro preferiblemente peatonal o reservado a transportes públicos, pero al mismo tiempo planteaba una corona de aparcamientos periféricos para el tráfico privado que tenía en el de la Barqueta su exponente más claro. Justo los aparcamientos cuya concesión acaba de rescatar el Ayuntamiento después del inmenso fiasco que ha supuesto el Plan Director lanzado por el ex concejal Francisco Fernández en 2004 que prometía la construcción de 67 estacionamientos con un total de 40.000 plazas antes de 2013 que nadie ha visto todavía ni va a ver.

El otro argumento en contra de la decisión municipal de permitir el aparcamiento de la Alameda es aun más falaz, porque alude precisamente al consenso de la mayoría del cuerpo social en torno al modelo de ciudad y de movilidad en el centro comercial. Ocurre, sin embargo, que tal acuerdo generalizado no existió entonces como no parece existir ahora. Y que a aquel pecado original de imponer por la aritmética de las mayorías en el consistorio una solución se va a superponer ahora otro pecado de soberbia sustentado en la misma suma de votos aunque de signo contrario.

Si antes se prestaba oídos a las aspiraciones, de todo punto legítimas, de vecinos y peatones para alejar lo máximo posible el tráfico rodado de sus calles, ahora se presta oído a las aspiraciones, igualmente legítimas, de los comerciantes que creen que el tráfico privado les reporta ventas al ponerle las cosas más fáciles a su clientela. Las dos visiones están en plano de igualdad porque ambas se basan en intereses particulares. Lo ideal es establecer un equilibrio en el que se salvaguarden intereses generales de la ciudad por encima de los de las partes que la integran. Y eso exige mucho diálogo, mucha participación y mucho sacrificio para renunciar en parte a lo que se defiende con tal de llegar a una solución de compromiso que puedan aceptarla todas las partes.

Por la vía de la imposición –ni antes, ni ahora– se va a conseguir nada. Zoido está tan persuadido de que lo mejor para Sevilla es ese aparcamiento subterráneo y vender la Gavidia para que se establezca allí alguna firma comercial como sus predecesores lo estaban de que era mejor expulsar al vehículo privado del centro de la ciudad y conseguir calles amables para paseantes aun a riesgo de desanimar a los posibles clientes de las tiendas.

Así que la obligación de quien está en el gobierno –tanto ahora como antes– es buscar con denuedo ese acuerdo de mínimos entre todas las partes implicadas. Sin imposiciones, sin vetos, sin cortapisas, sin insultantes desprecios a la opinión de los demás y sin apriorismos ni revanchas. Esa es la tarea que tiene por delante Zoido: ahormar un modelo de ciudad y de movilidad en el que todos se sientan representados para conseguir el consenso necesario que evite hacer del urbanismo ese manto de Penélope en el que lo que se teje de día se desteje de noche. Esa debería ser su principal preocupación.

23/4/12

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Written by cardomaximo

24/04/2012 a 09:48

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