cardomaximo

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Peor lo tuvieron nuestros padres

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Basta ya de lloriqueos. Ya está bien de lamentos y de quedarse compungido en un rincón echándole la culpa al mundo de lo que nos pasa. Sí, ya está bien de creernos tan importantes como para considerarnos a salvo del cataclismo económico que no acogota. No es mala suerte ni es una conspiración ideológica para arrebatarnos el confortable status quo que habíamos logrado construir en precario. No; hicimos las cosas mal y ahora nos toca arreglarlas. ¿Es tan difícil de entender?

Los jóvenes universitarios sevillanos –con algunas excepciones en un puñado de facultades- se han puesto en huelga. No quieren que les suban las matrículas el curso que viene. Nadie desea que le suban el IRPF ni los funcionarios aceptan que les den otro pellizco a la nómina. Tampoco los jubilados están dispuestos a pagar nada por sus medicinas ni los enchufados en la Administración pública que sólo acuden a su puesto de trabajo para cobrar la nómina quieren verse desenmascarados. Por eso hay que bajarle el sueldo a todo el mundo, para preservar el empleo de los que no se lo ganan.

Es lógico aferrarse al orden conocido de las cosas. Y considerar una desgracia que los maestros den dos horas más de clase a la semana o que tengan un par de niños más en el aula. A la pretensión iconoclasta de cambiarlo todo de arriba abajo puesto que el sistema imperante ha dado muestras de su pésimo funcionamiento, se opone la prudencia que invita a perseverar en los mismos errores con el mínimo retoque para que pueda seguir tirando. Con la pereza que da cambiarse por entero, volverse como un calcetín, hacer lo contrario de lo que se venía haciendo, volver a empezar…

Todos hemos sido jóvenes y, como una manifestación más de la edad, por lo general tan bienintencionados como mal informados. Todos soñábamos con una igualdad de oportunidades efectiva que la realidad siempre se encargaba de frustrar. Todos creíamos que una subida de las tasas –cualquiera que fuese su porcentaje, porque con esas edades no se hace mucho caso de los números, sino de las emociones- convertiría la Universidad en coto cerrado para los ricos que pudieran permitirse pagar las matrículas.

“Nuestra generación no se merece esto”, se oye el lamento de la frustración subiendo de tono tanto desde las aulas universitarias como de la cola del paro. La ensalzada Constitución de 1812 ya exhortaba a los españoles a ser “justos y benéficos” y en esa arcadia feliz seguimos viviendo. Aunque por en medio hayan venido guerras civiles, revoluciones, acciones terroristas, dictaduras, experimentos sociales, tiros y muertos. Todas las generaciones repitieron el mismo mantra (“No nos lo merecemos”) mientras se dejaban llevar a rastras a donde no querían ir.

También nosotros, aunque gracias a Dios, esta vez nos han llevado a un panorama en el que no hay pistolerismo ni muertos. Algo hemos avanzado. Todos esos jóvenes que se declaran en huelga de asistencia a clase –como si a alguien más que a ellos les importara las dos semanas de descanso- rebosan vitalidad y lozanía: están bien alimentados, van bien (a su manera, claro) vestidos y pueden preocuparse de algo más que de conseguirse el sustento diario.

Nuestros padres lo tuvieron peor. ¿Hay que recordarlo? La generación de la guerra y del hambre, la de los piojos y las escaseces, la de las enfermedades y la falta de libertad para quejarse de la situación incluso, lo pasó peor que nosotros, ¿es cierto o no? Y nos sacaron adelante. Nos dieron estudios, nos permitieron mejorar la posición social, nos enseñaron a distinguir entre lo fundamental y lo prescindible, a trazar rayas rojas intraspasables, a mirar por cada céntimo, a luchar con tesón por lo que se persigue.

Bien podrían haberse lamentado de lo que les tocó vivir. De las penurias, de la sangre derramada, de la asfixiante dictadura, del pluriempleo o la emigración, de la falta de expectativas, del analfabetismo… Había tanto por lo que quedarse llorando en un rincón… Y, sin embargo, salieron cada día a ganarse el pan con el sudor de su frente, a darnos un futuro mejor a las siguientes generaciones a costa de sacrificios y renuncias personales.

Ahora nos toca a nosotros asumir los sacrificios que vimos en nuestros padres. Podemos seguir llorando porque creemos no merecernos lo que nos está pasando mientras nos aferramos al orden insostenible en el que nos habíamos manejado hasta ahora. O podemos empezar a dejarnos la piel.

No hay otra forma de salir del agujero: para subir, unas generaciones tienen que apoyarse en las anteriores. Los sociólogos le llaman solidaridad intergeneracional. Los economistas le llaman bienestar diferido. Los padres le llaman amor por los hijos. Los únicos que no tienen nombre para definir la situación son los políticos: para ellos, el ciclo de la vida sólo dura cuatro años.

21/5/12

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Written by cardomaximo

22/05/2012 a 09:46

Una respuesta

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  1. Y nuestros abuelos no tenian internet, asi que si lo prohiben no pasa nada, a seguir con nuestras vidas. De verdad que no entiendo muy bien el proposito de este artículo, si lo que quieres expresar es que no pasa nada por volver hacia atras o si es util ser un muñeco en manos de políticos y tragar con lo que nos toque.

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    Jesus

    22/05/2012 at 12:20


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