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Braceando contra el pasado

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Estamos atrapados por nuestro pasado. Todo cuanto hacemos busca básicamente cómo zafarnos del abrazo atosigante de un pretérito del que no hay forma de huir. Porque siempre nos da alcance y vuelve para hacerse presente en el momento más inoportuno. Sevilla sabe mucho de esto. La terrible paradoja es que no hayamos aprendido todavía a salirle al paso y atajar ese suplicio en el que nos dejamos la vida sin saber cómo evitarlo.

Si se examinan los acontecimientos de la semana pasada en la ciudad se observa de forma mucho más nítida este defecto –porque hay que aclarar que en absoluto puede considerarse una virtud dejar que las cosas sigan su curso ignorando sus efectos- en cuatro asuntos de capital importancia que han vuelto al primer plano de la actualidad sin haberse ido nunca del todo. El rescate europeo a la banca española debería servir de enseñanza para escarmentar: todo lo que se aparca sin solución acaba por aflorar como un problema al cabo del tiempo. Sólo es cuestión de dejar transcurrir el periodo suficiente para que las situaciones se pudran para comprobar sus efectos.

Cuando la Universidad de Sevilla se emperró –el verbo será coloquial, pero muy preciso para definir lo que ocurrió- en levantar una biblioteca central con diseño de algún representante del ‘star system’ de la arquitectura internacional en el Prado de San Sebastián, enseguida se topó –aplíquese lo dicho en la anterior acotación- con la oposición de unos vecinos que le advirtieron de la irregularidad en que incurriría. Pero nadie les hizo caso.

Conforme el grupo de quijotescos denunciantes iba ganando batallas en los tribunales, la Universidad seguía aferrándose a una hipotética solución que le ahorraría el dinero y el oprobio de tener que derribar lo ya construido. Hasta que el Tribunal Supremo ha mandado demolerlo todo. Fin del trayecto. Todo lo que podía torcerse en el camino proyectado para construir ese hito asumiendo tantos riesgos, se ha torcido.

También pensaban algunos que la Unesco nunca tendría en cuenta las quejas de otro quijotesco grupo de opositores al rascacielos de la isla de la Cartuja cuando advirtieron del impacto paisajístico en el conjunto monumental que es Patrimonio de la Humanidad. Sólo ha tenido que pasar el tiempo necesario para advertir que la agencia de la ONU va en serio con sus amenazas y tiene previsto considerar si pone a Sevilla en la sala de infecciosos de los monumentos en riesgo antes de desahuciarnos de su club particular.

La peor hipótesis

Otra vez los cálculos iniciales fallidos, de nuevo la confianza ciega en suposiciones que la realidad demuestra infundadas. Otro ejemplo: el dragado del Guadalquivir, traído de nuevo a escena por el flamante presidente de la Confederación Empresarial Sevillana, Miguel Rus. Hubo quien advirtió, como quijotes luchando contra los molinos, que un dragado de profundidad comprometía gravemente la supervivencia del estuario del río y que la nueva esclusa debería supeditarse a esta actuación. Idéntico desprecio a las observaciones de que algo podría salir mal, parecido desdén con el manojo de cabos sueltos de la operación y, por todo ello, similar atolladero al ver cómo se derrumbaba la mejor de las hipótesis y tomaba cuerpo la peor imaginable.

Quizá todo se explique por nuestra proverbial aversión al acuerdo, al entendimiento sacrificando posiciones propias. Estos días, la prensa internacional nos ha atizado con el estereotipo del orgullo patrio, la caricatura del hidalgo que nos impide dar el brazo a torcer aun a costa de perderlo. Las propias administraciones públicas, que deberían buscar siempre el pacto por encima de cualquier otra cosa, son tan aficionadas a pleitear como los ciudadanos.

Si Patrimonio del Estado y el Ayuntamiento hubieran antepuesto el interés de la ciudad y la necesidad de despejar incógnitas, no se habrían embarcado en un litigio por la edificabilidad en las parcelas de aprovechamiento lucrativo del antiguo cauce de Los Gordales. Al cabo del tiempo, la ciudad puede exhibir con orgullo que los jueces le han dado la razón. Aunque se le haya cerrado la oportunidad de desarrollar esos suelos porque ahora no hay dinero. Pero más vale honra que barcos, ¿no era eso?

 

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