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La torre arrogante

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El paisaje que queda después de la batalla en la Unesco por el rascacielos de la isla de la Cartuja no puede ser más decepcionante. Por mucho que los defensores de la torre Pelli canten victoria y vean salvado el proyecto original. Sevilla ha salvado en el último momento la consideración de Patrimonio de la Humanidad para sus tres monumentos principales, pero ha tenido que escuchar de labios de los representantes de otros países que ha sido arrogante en todo lo relacionado con el edificio más alto de la ciudad.

Mal principio es la jactancia para conducirse en la vida, pero mucho más en el caso de las ciudades. Si a la altivez se le une la petulancia de ofrecerse como organizadora de un seminario internacional sobre el paisaje urbano, entonces el panorama que se ofrece es de atrevimiento sin límites cuando la virtud que tenía que haber puesto en escena Sevilla era la humildad.

Justo lo que ha faltado desde un principio en la tramitación, aprobación y ejecución de este singular mamotreto a la entrada de la ciudad. Cuando el delegado alemán habló d arrogancia, no sabía hasta qué punto había acertado con el calificativo que mejor define al rascacielos y a quienes lo han impulsado contra viento y marea. Porque si engreimiento hubo en quien lo diseñó por encima de la Giralda para dejar su huella, más lo hubo en quienes le dieron el visto bueno hurtando el necesario debate ciudadano a priori que nos hubiera evitado este embrollo.

Una obra tan controvertida como un rascacielos que rompe el techo simbólico del monumento más característico de la ciudad habría precisado de un planteamiento abierto en el que defensores y detractores hubieran expresado sus puntos de vista antes de colocarse la primera piedra en vez de entrar en la dinámica de los hechos consumados (el plan urbanístico, la licencia, las obras) ante los cuales no queda otra salida (el ejemplo es de la semana pasada) que la rendición incondicional.

Monteseirín vio en el rascacielos el símbolo con el que culminar el accidente histórico –con la perspectiva que da el tiempo sobre sus méritos y sus capacidades- que le aupó por tres veces al sillón de la Alcaldía. El resto fue ya una conjunción de intereses (Pelli, Manzanares, Montaner) con tanto por ganar como poco por perder.

A ello se sumó el desplante a las recomendaciones de la Unesco, demasiado timorata en sus reconvenciones como para que los promotores llegaran a sentir el vértigo de comprometer la herencia patrimonial de la ciudad. Cuando de verdad la Unesco quiso tomar cartas en el asunto, la simple contemplación de las 31 plantas levantadas invitaba a tragarse las palabras y dejar pasar el rascacielos como un mal menor. De nuevo la altanería.

Fue el representante alemán en la decisiva reunión de San Petersburgo el que sugirió que, ante una alteración del paisaje urbano de tal magnitud, lo que se imponía era consultar antes de obrar. Pero la arrogancia cegaba a todos los personajes implicados en este desafortunado incidente. ¡Cómo iban a consultar si precisamente actuaron deliberadamente a oscuras! ¡Cómo iban a preguntar en el Comité Mundial del Patrimonio si esa obra tendría repercusión en las vistas de Sevilla si era eso lo que pretendían! ¡Cómo iban a someter su proyecto al debate ciudadano si era eso lo que evitaban por todos los medios!

Bien, se han salido con la suya. Salvo que los tribunales de Justicia españoles o el mercado inmobiliario dicten lo contrario, el rascacielos es ya una realidad. Y tendrá unas vistas ciertamente espectaculares sobre el estuario del Guadalquivir o la sierra de Grazalema. Por supuesto, que serán dignas de contemplarse.

Pero nada de eso resolverá los problemas pendientes que plantea el edificio en su relación con la ciudad. En ese sentido, plantear la sostenibilidad del edificio porque permitirá la recarga de coches eléctricos en algunas de sus 3.600 plazas de aparcamiento es un insulto a la inteligencia. Quizá no sea más que la última muestra del desdén con que hemos enfocado la cuestión desde un principio.

A este columnista no le queda otra que pedir humildemente perdón: la batalla tiene un claro vencedor. Al menos, que sepa digerir la victoria sin la prepotencia usada hasta ahora.

2/7/12

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Written by cardomaximo

03/07/2012 a 09:24

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