cardomaximo

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Niñitas sobre el césped de Kiev

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HACE JUSTO un mes, entrando al estadio de la Cartuja, previne a mis hijas: “Vais a contemplar el último amistoso de la selección como campeona del Mundo y de Europa”. A la salida, tras el partido contra los chinos de Camacho, aquella intuición se había convertido en fallo inapelable tras el juicio sumarísimo de 90 minutos maquillado con el gol postrero de Silva.

Marta y Cristina, la verdad, no me echaron caso. Para ellas, el fútbol está exento de agonía, no participan de ese sufrimiento que hemos arrastrado desde la más tierna infancia cuando a una desilusión siempre le sucedía otra aun mayor. Marta se fue a las ‘setas’ y gritó el primer tanto en un tranvía, que es el último lugar del mundo donde uno se imagina llegar al éxtasis colectivo del gol. Cristina se quedó en casa preguntando en su inocencia si antes España también ganaba.

Con un año más de los que ella tiene ahora, la única gesta de la que podíamos vanagloriarnos los críos era el gol de Rubén Cano en el pequeño Maracaná de Belgrado, seguido del botellazo a Juanito. Por ahí andaba el nivel: los goles sin marcar de Cardeñosa y Julio Salinas, el que no le dieron a Míchel, los penaltis de Eloy Olalla y Raúl…

Aquella selección era tan pobre que se alborozaba cuando un tipo como Saura le metía un gol con la barriga a Yugoslavia, que ya ni existe. O cuando Maceda cabeceaba contra Alemania en medio de un apagón en Guadalcanal de modo que hubo que repetir la transmisión por TV para que viéramos el partido con nuestros propios ojos por si alguien dudaba que estábamos en la final de París: para eso estaba Arconada, para despejar dudas.

Por nada de eso han pasado mis hijas, a las que el fútbol les parece un entretenimiento placentero en el que siempre salen victoriosos los buenos, esos tipos bajitos que nunca se alteran, capaces de inventar lo inimaginable.

Por eso me gustó que los jugadores sacaran al campo a sus niñitas: Nora, la de Torres, con sus dos coletas; las de Pepe Reina, jugando con los papelillos de la gloria; la de Arbeloa, en brazos; la sobrina de Ramos… A eso sabe el 4-0 de Kiev: a delicioso pasatiempo para críos. Por eso cada vez que España alza una copa me acuerdo de los que no vivieron para verlo: historia, al fin y al cabo. El porvenir, a qué dudarlo, son esas niñitas correteando sobre el césped ajenas del todo al fútbol agonístico en que me crié.

3/7/12

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Written by cardomaximo

04/07/2012 a 09:46

Publicado en costumbres, deporte, historia

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