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El verano que cambió nuestras vidas

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El lector no tiene por qué conocer la composición del Consejo Económico y Social de la ciudad de Sevilla. Ni siquiera los motivos que han llevado al equipo de gobierno a sustituir a unas asociaciones vecinales y de consumidores por otras para que informen de las ordenanzas municipales en materia económica y de empleo. De hecho, el lector probablemente se esté llevando una sorpresa con la existencia de este organismo de participación.

Así que convertir al CESS en argumento principal de la oposición a Zoido y sus veinte concejales como hizo la semana pasada la oposición al alimón de PSOE e Izquierda Unida es lo más parecido a discutir del sexo de los ángeles cuando las murallas de Bizancio se resquebrajaban ante el empuje artillero de las huestes de Mehmet. En ésas estamos. Y en patrocinar peliculitas de dibujos animados para los niños del distrito Este-Alcosa-Torreblanca.

Ni el tono ni el mensaje que hacen llegar las autoridades locales está en línea con el dramatismo del momento, cada día más cerca de la intervención del Estado. Cuando el viernes la prima de riesgo escaló la barrera de los 600 puntos de diferencia con el bono alemán a 10 años, discusiones como la del Consejo Económico y Social suenan aun más huecas.

El mismo desdén con que Europa (el Banco Central de Mario Draghi, el Eurogrupo o directamente el Bundesbank) trata al Estado central, se reproduce ampliado en el trato que dispensa el ministro Montoro a las autonomías y luego se retroalimenta en la displicencia con que la Consejería de Cultura borra de un plumazo las subvenciones a la Bienal de Flamenco apenas cuarenta días antes de que arranque el certamen. Qué blandos con las espuelas, qué duros son todos con las espigas.

Los alcaldes exigen reuniones con la Junta de Andalucía, la administración autonómica reclama negociar con el Gobierno central y éste, a su vez, busca involucrar a los socios europeos para que alivien el dogal de la deuda. Todos miran para arriba en la cadena de responsabilidades, pero ninguno se aviene a mirar hacia abajo, a quienes sufren las consecuencias de sus actos.

Es ese aire de suficiencia que muestran todos nuestros políticos el que sulfura al personal. Ellos siguen a lo suyo mientras los demás estamos a lo nuestro, que es cómo allegar más fondos de nuestras apaleadas nóminas a las arcas de las diferentes haciendas públicas a través de las más diversas formas de recortes y subidas impositivas.

En las actuales circunstancias, parece que los ciudadanos son los únicos que se han dado cuenta del momento crítico que atravesamos. Este verano va a cambiar nuestras vidas y de él saldremos más empobrecidos, trabajando más por menos dinero, recibiendo menos a cambio y aportando más para amortizar una deuda externa que creíamos exclusiva de países latinoamericanos en la década de los 90.

Esa desesperación que el Gobierno de Rajoy ya ni se preocupa en disimular –Montoro proclamando desde el ambón del Parlamento que no tiene dinero para pagar las nóminas- no se advierte por ningún otro lado en las restantes administraciones públicas. La Diputación, por ejemplo, tiene lleno a rebosar el cine de verano, con películas de reestreno, que instala en su sede para solaz de cuantos tienen que sobrellevar el verano en Sevilla sin poder escapar del calor.

Los ayuntamientos, la Diputación y la Junta de Andalucía siguen a su ritmo, al trantrán, como si la cosa no fuera con ellos, como si el país no estuviera en estado de emergencia económica y todas las manos fueran pocas para apagar el fuego de los intereses que devora la cada vez más mermada recaudación fiscal. Recortan aquí y allá, sigilosamente, tratando de que nadie repare en que las colonoscopías se retrasan ahora cuatro meses o que los espectáculos flamencos de la Bienal sabe Dios cuándo se pagarán.

Por ninguno lado se percibe ese estado de agitación, de convulsa tensión que debiera haber llevado ya a todos los poderes territoriales del Estado a definir en común servicios imprescindibles a los que en ningún modo se debe renunciar y aquellas otras actividades que podrían decaer sin mayor problema. Y aplicarse a ello sin demora y sin arrastrar los pies.

El desastre de Dunkerque dio para que el premier británico Churchill enardeciera al Imperio para luchar contra el nazismo. Aquí, la noticia de la pérdida de Cuba y Puerto Rico dio para que los castizos se fueran a los toros. Y entonces no los subvencionaban los ayuntamientos, o sea, que hemos ido a peor.

 

23/7/12

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Written by cardomaximo

24/07/2012 a 09:22

Una respuesta

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  1. Justo, querido Javier. Has dado en el clavo. Nunca no dimos cuenta de que eso de que el Estado y los políticos estaban al servicio de los ciudadanos. Tienen en la cabeza casi lo mismo que tenía un señor feudal (exceptuando el paso a la divinidad). Si los tomas como una casta y no individualmente, aún se parecen más.

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    Luis Rull

    24/07/2012 at 11:10


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