cardomaximo

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Daños irreversibles

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Written by cardomaximo

21/06/2015 at 13:39

Interés general

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Written by cardomaximo

09/01/2013 at 09:43

Desmemoria histórica

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Les falló la estrategia

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Cualquiera que haya jugado aunque sólo sea cinco minutos a alguno de esos juegos de estrategia en tiempo real para ordenador en los que se trata de levantar un imperio, edificar una ciudad o imponer una civilización sobre las demás se habrá dado cuenta de que uno de los errores garrafales consiste en invertir los recursos escasos acopiados durante el juego en costosas obras faraónicas sin que estén cubiertas las necesidades básicas de la población.

Si tal sucede, enseguida se producen descontento generalizado, levantamientos populares y revoluciones que amenazan con destruir el orden establecido dejando de allegar fondos a las arcas comunales y arruinar la partida. Estos juegos de estrategia en tiempo real calcan a la perfección ese estado latente de malestar entre una ciudadanía que se siente esquilmada por sus gobernantes.

Sin ir más lejos, Sevilla. De todos los proyectos de infraestructura acometidos en el mandato de Monteseirín, las ‘setas’ de la Encarnación –el nombre se le va a quedar, porque ya está recogido hasta en el Diario de Sesiones del Parlamento de Andalucía- son las que peor nota reciben de la ciudadanía, por debajo del aprobado, según el sondeo del Centro Andaluz de Prospectiva.

La semana pasada, mientras el ex alcalde festejaba con su círculo íntimo el fin de su gobierno municipal, el nuevo regidor se fotografiaba gustoso junto a unas pintadas en la fachada del colegio público Benjumea Burín de Alcosa con nueve años de antigüedad. Muy probablemente, de haberse dedicado a los estudios en vez de a pintarrajear las paredes del centro educativo, al autor de ese garabato en la pared le habría dado tiempo de obtener un grado universitario antes de que el Ayuntamiento se digne a borar su repulsiva huella.

Monteseirín y su cohorte de acólitos calculó mal la estrategia. Eso fue todo. Antes que dedicarse a la micropolítica, a atender las necesidades de los barrios y de los ciudadanos para hacerles más cómoda la vida en la ciudad, fantasearon con unas construcciones megalómanas que nos iban a colocar en la modernidad sin pasar por la sufrida y pesada tarea de elevar el nivel cultural de la población en general empezando por la dotación material de unos colegios que da pena verlos.

Pero lo más sorprendente es que persistan en el error, incapaces de ver la desafección a su proyecto que tal derroche de dinero en obras innecesarias causó entre su electorado. El ex concejal de Urbanismo Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, en tiempos mano derecha de Monteseirín, sostenía en estas mismas páginas que la obra de la Encarnación no le había costado un euro al contribuyente puesto que había salido del dinero que habían adelantado los promotores inmobiliarios a la firma de los convenios urbanísticos que anticipaban el PGOU.

¡Como si llegada la hora de construir los sistemas generales que demanda la urbanización de cualquier parcela no tuviera el Ayuntamiento que echar mano precisamente de ese dinero que se ha malgastado en una obra exagerada en todas las proporciones que se consideren!

No sólo eso, sino que en la entrevista que firmaba el compañero Juan Miguel Vega, el ex concejal de Monteseirín se permitía añadir: “No podemos construir una carretera que vaya de ningún sitio a ninguna parte”. Pero sí para construir un tranvía exactamente de ningún sitio a ninguna parte, se le podría replicar. Como si el trabajo de planificación de, por ejemplo, Dos Hermanas no le hubiera dado sus frutos a la ciudad y al alcalde –socialista, para más señas- que la viene gobernando desde hace más de dos décadas.

La siguiente justificación para gastarse lo que la ciudad no tenía en ese mamotreto de la Encarnación es de aurora boreal o, en vista de la morosidad del Ayuntamiento con sus proveedores, de escándalo como para llevarlo a los juzgados: “Y lo que no se puede hacer tampoco, como están las cosas, es tener 200 millones de euros parados en una cuenta corriente esperando tiempos mejores”. Cuánta insensibilidad, qué suficiencia, cuánta insensatez destilan esas palabras.

Cualquier chiquillo aficionado a esos juegos de estrategia sabe que antes de levantar el Coloso de Rodas o el Coliseo Máximo, el gobernante tiene que preocuparse por llevar la irrigación a los campos para que produzcan más, pavimentar las calzadas para que se desarrolle el comercio y expandir el conocimiento de la escritura y la astronomía para favorecer la innovación.

Nada de eso se hizo aquí. Les falló la estrategia, porque pensaban que la novelería ciudadana acallaría cualquier queja en cuanto se abriera al público el nuevo icono de la vanguardia arquitectónica. Los próximos cuatro años pueden pasárselos jugando en el ordenador hasta que den con la tecla.

4/7/11

Written by cardomaximo

05/07/2011 at 10:44

Pasmo en lo alto de las setas

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LO PEOR de las setas de la Encarnación está en las alturas. Y no son las vistas que, sin ser espectaculares, valen los 1,2 euros que pagan los forasteros. Lo peor de las setas son los letreros que ilustran al visitante. El verdadero pasmo de la Encarnación está en ese cartelito que no sabe uno si tomárselo como una charada, como una impresentable falta de estilo o como una venganza de la constructora Sacyr en vista de que a su Metropol Parasol todo el mundo ha acabado por conocerlo como las Setas.

Dice el cartel en cuestión: “Puente del Quinto Centenario. ‘El Paquito’“. ¿El Paquito? ¿Cuándo fue la última vez que usted escuchó a alguien referirse de esa manera tan desafortunada al puente de Fernández Ordóñez? ¿A santo de qué viene plantificarlo como subtítulo de la panorámica que van a ver millares de personas?

‘El Paquito’ fue un remoquete que no hizo fortuna a comienzos de los 90, cuando los sevillanos teníamos que hacer alarde de ingenio y algún gracioso echó a correr la especie de que el puente del Centenario (porque está construido sobre la dársena del Centenario, nada que ver con el aniversario de la arribada de Colón) debía llamarse con el diminutivo en comparación con el Golden Gate de San Francisco, con el que el guasa de turno le encontraba afinidad. Imposible, por otro lado, ya que uno es un puente colgante y el otro atirantado, pero tales sutilezas constructivas tampoco dan para chistes.

El caso es que ‘Paquito’ nunca llegó a cuajar del todo, como tampoco lo hizo el puente de los Leperos para referirse al del Cachorro porque se levantó antes de restaurar el cauce de la dársena. Y ahí quedó, muy relegado en el habla popular como para haberse encaramado a sitio tan prominente como el techo de las setas.

No es el único error, pero sí el más grave. A los ingenieros del puente de la Barqueta (Arenas y Pantaleón) se les hace pasar por arquitectos; a la iglesia de San Martín se le hace pasar por parroquia; a la inversa, a la de San Gil se la degrada sin pila bautismal; y el pabellón del Presente y el Futuro de Oriol Bohigas se presenta en los rótulos como pabellón del Universo, que era sólo uno de los cuatro espacios temáticos que compartían edificio durante la Expo 92. En fin, mejor no seguir.

Vale que nos haya costado una riñonada, vale que hayan tardado siete años en acabarlas, vale hasta que nos hayan expropiado el suelo público, pero ¿también nos vamos a dejar expropiar la historia de la ciudad? Eso es mucho, incluso para Sevilla.

javier.rubio@elmundo.es

31/5/11

Written by cardomaximo

01/06/2011 at 11:59

Una magnolia para el grande

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CÓMO LAS MECE el viento! Con qué suavidad las va acariciando a cada poco que se abren sus pétalos carnosos y sensuales como los labios de la amada. Con qué delicadeza las blanquea el sol, allí en lo alto, como una bandada de palomas que se hubiera posado en las ramas más inaccesibles. Cómo se ocultan recatadas a las miradas furtivas de quienes son capaces de levantar la cabeza del suelo de sus propios problemas cotidianos y admirarlas hermosas y radiantes como las novias secretas que son: inalcanzables para los ansiosos, a resguardo de los impacientes, dejándose querer sólo para quienes se abandonan a su contemplación con deleite sin mirar de reojo al reloj.

Cómo es posible que se despliegue tanta hermosura ante nuestros ojos sin que la veamos en realidad. De las jacarandas que azulean el fondo de la glorieta de los Marineros Voluntarios componiendo un decorado perfecto no habrá ningún gabinete de prensa que informe del número exacto de turistas que se admiraron de que esos árboles, tiritando de frío sin hojas en su otoño austral, nos hayan regalado el prodigio de pintarnos los cielos como cada año. Sin embargo, se entretienen contando los que treparon al maderamen inerte de la Encarnación para mirar por encima del hombro al laurel de Indias encorsetado con piezas del mecano.

Qué injusta la primavera de Sevilla. El azahar se lleva los versos, pero la nieve la derraman los árboles del paraíso, seguro azar. Exhaustas han quedado las melias, trémulas hasta el año que viene en que vuelvan a encanecerse después de vestirse de verde. Las tipuanas y los paraísos aguardan su momento, allá por junio, cuando amarilleen los suelos de la ciudad en contraste con el cielo azul inmenso.

Toda la ciudad es una explosión de floridos colores de una intensidad que llega a herir como la espina aguda del deseo que citaba Cernuda. Ni siquiera los monumentos plantados por la mano del hombre, los puentes de los ingenieros, los pináculos de los canteros, los atauriques de los alarifes, las vidrieras de los plomeros, las tallas de los imagineros son capaces de competir con esta sinfonía lujuriosa de la primavera restallante que se abre paso entre los vídeos de la campaña electoral, los temblores de la tierra y las miserias de nuestros días menores.

Seve Ballesteros el Grande -como lo despide la prensa británica, de suyo tan cicatera con los halagos- descansa para siempre a los pies de un magnolio aún sin florecer. Ojalá una magnolia del parque de María Luisa volara hasta Pedreña.

javier.rubio@elmundo.es

12/5/11

Written by cardomaximo

13/05/2011 at 12:25

Las ‘setas’ son puro Barroco

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DIOS BENDITO atienda al último premio Pritzker (algo así como el Nobel de Arquitectura), el portugués Souto Moura, cuando propugna el fin de la arquitectura del estrellato. En nuestro secular rezago, hemos llegado a ella -eso es lo que ha hecho Jürgen Mayer, plantarnos aquí su objeto contra viento y marea y largarse a otra parte y lo que pretenden Zaha Hadid y César Pelli- cuando los demás vienen de vuelta.

Decía el crítico Enrique Domínguez Uceta glosando en este periódico el premio: «Esta elección, más allá de la alta calidad del elegido, acaso contenga una apuesta por la modestia inteligente, por la belleza callada, por una forma de actuación que no invada el espacio ajeno, que no grite en el entorno urbano, que no imponga de manera agresiva y que no proponga un derroche económico ni una alteración profunda del entorno».

Caray, si ha retrasado el mamotreto de la Encarnación: invaden las vistas, es un chillido en el centro histórico, se impone de forma rotunda, altera todo lo que había y encima ha costado un dineral. A ver qué dice ahora Monteseirín de no se qué pamplinas de la modernidad.

Estoy dispuesto a concederle que las setas son barrocas, pero ni mucho menos por la frívola consideración de la línea curva que él esgrime. En auxilio de su mal pergeñada tesis acudo a Maravall, a su canónico «La cultura del Barroco», y en concreto al enunciado de su capítulo octavo, que parece anticipatorio ¡en 1975! de lo que se nos venía encima: «Extremosidad, suspensión, dificultad (la técnica de lo inacabado)».

Más en serio, parece que ese enorme artificio consagrado a la mayor gloria del gobernante encaja en los presupuestos estéticos de una cultura «dirigida, masiva, urbana y conservadora», como fue la del Barroco, según sostiene el gran ensayista.

Las setas vendrían a ser barrocas no porque sean curvas (es una cuestión de empujes) sino porque están ahí para suspender el ánimo, para apabullar al espectador y hacerle ver la pequeñez de su escala frente al designio del poderoso capaz de erigir ese prodigioso aparato desmesurado y apabullante: pura tramoya, aparato escénico sin nada más.

Lo que las setas persiguen es el extrañamiento del ciudadano, la alienación marxista de otros tiempos: una manifestación cultural dirigida de arriba abajo en la que al individuo no le queda otra rascarse el bolsillo para apoquinarlas. Gracián lo dejó escrito hace mucho: «Siempre fue lo dificultoso estimado». Hasta quitarse a los malos alcaldes de encima.

javier.rubio@elmundo.es

30/3/11

Written by cardomaximo

31/03/2011 at 12:38