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Cinco años

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ESPAÃ?A MARTA DEL CASTILLOCinco años (24/1/14)

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13/02/2014 at 10:15

Una vida en la zanja

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Jose Galiana-_MG_4161.jpg de Reporteros ABC--0JOE0101.jpg-Una vida en la zanja (11/10/13)

Written by cardomaximo

31/10/2013 at 10:17

Publicado en justicia

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Sólo faltabas tú entre la multitud

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SÓLO FALTABAS TÚ en aquella multitud que llevaba tu nombre en los labios sin pronunciarlo, que llevaba tu foto en los carteles sin mirarlos, que acariciaba a tu madre como si ese roce pudiera curar las heridas del alma, que se desgañitaba gritando para que esas voces retumbaran en la conciencia de quienes te quitaron la vida.

Faltabas tú con tus amigas, recién salidas del colegio, todavía con el uniforme para que se os viera de lejos, un poco alocadas, aleteando aquí y allá antes de que se pusiera en marcha la manifestación y luego, cuando hizo falta y se acalló la algarabía, graves y solemnes como cariátides enlutadas. Tenías que haber ido para comprobar el cariño con que la gente rodeaba a tu madre, con ese impresionante gesto de sufrimiento en el semblante mientras tu padre la rodeaba como quisiera haberte rodeado a ti aquella noche fatídica. Y los besos, las caricias leves que buscaban llevarse en la yema de los dedos aunque fuera un átomo de la tortura por la que están pasando.

Faltabas tú entre la multitud que abarrotaba la Plaza Nueva y que esperaba la pancarta en la avenida o en la puerta de Jerez como se aguarda a una procesión. Sólo que la procesión iba por dentro, cada uno de los que allí estaba portaba en su interior un enorme misterio insondable al que todavía nadie ha podido dar respuesta: ¿por qué? ¿Por qué acudiste aquella tarde a la cita con ese mala sangre?

Si hubieras estado en la calle habrías visto las velas blancas encendidas: centenas de llameantes lenguas de fuego caldeando la anochecida señalando el camino y la luz como un tan largo cortejo que pudiera traer el sol de vuelta, que de repente se hiciera de día y se disiparan las tinieblas que encogen el alma. Habrías oído las voces roncas de los padres, las aflautadas consignas de las quinceañeras, apenas el susurro con que los abuelos clamaban justicia y las recias palabras de los jóvenes interpelando a los jueces, a los diputados, al sistema entero.

Ojalá hubieras estado entre esa multitud que te llevaba en los labios sin pronunciarte. Entre ese mismo gentío inmenso que antes se echó a la calle con los cadáveres del 11 de marzo todavía calientes y antes aún clamó contra los asesinos de Alberto Jiménez-Becerril y su mujer Ascen nos faltabas tú. Nos faltarás por siempre porque un malnacido se cruzó en tu vida hace justo tres años. Maldita sea su estampa. No, esas cosas no sólo pasan en las series de la tele. La vida es tan imperfecta como esa multitud entre la que sólo faltabas tú, Marta.

javier.rubio@elmundo.es

25/1/12

Written by cardomaximo

26/01/2012 at 09:33

Crimen con castigo

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Si veinte años de cárcel les parece poco a todos los que han clamado contra la «injusticia» de la sentencia por el asesinato de Marta del Castillo, podemos pensar entonces en que el único mayor de edad condenado por este crimen pase aherrojado el resto de su vida picando piedra en un campo de trabajo para complacer a todos aquellos que ven «desproporcionada» la mayor pena que se puede aplicar en España por un asesinato alevoso sin premeditación con respecto al daño sufrido por la adolescente y el castigo posterior infligido a su familia.

Pero existe el inconveniente, ciertamente nada menor, de que nuestro ordenamiento jurídico no aplica penas de privación de libertad como castigo por el daño cometido sino con el propósito, más que loable, de que el delincuente se aparte del camino equivocado, se reintegre a la sociedad y no vuelva a delinquir. Con nombres y apellidos, por muy chocante que nos resulte leerlo: lo que queremos de Miguel Carcaño –sí, de este fulano indeseable al que no podemos despojar de su dignidad como persona– es que se reforme y salga a la calle dentro de veinte años (o el tiempo de condena efectiva que cumpla) convertido en un tipo sociable. Vale, si quiere no tiene por qué ceder el asiento a las ancianitas en el autobús, pero lo que no puede hacer de ninún modo es ir matando muchachas.

Y Carcaño –tan chulo, egocéntrico y despiadado como queramos pintarlo– tendrá derecho a sus permisos carcelarios, podrá estudiar en prisión, aprender un oficio e incluso trabajar para ganar la calderilla con que pagarse los vicios legales permitidos entre rejas como, por ejemplo, fumar. Así que todos los que propugnan encerrarlo en una mazmorra de por vida y tirar la llave al mar tienen que saber que nada de eso puede hacerse con las leyes en la mano. Incluso después de matar a una chiquilla de un golpe, incluso después de haberlo confesado fríamente en el juicio.

Pero todo eso ya lo sabíamos, ¿verdad? Algunos –los menos, todo hay que decirlo– lo habíamos dicho entonces, tan temprano como a los dos días de la detención del asesino y sus amigotes, cuando tenía más mérito porque todas las voces incitaban al linchamiento o, en su defecto, a un juicio sumarísimo en el que la propia confesión tuviera el valor de prueba irrefutable.

Así que ahora en que ha caído sobre él el peso de la Ley –¿a este pájaro también le va a conceder el magistrado en excedencia alcalde de Sevilla el beneficio de la duda sobre su inocencia hasta que haya sentencia firme como al presidente del primer club de fútbol de la ciudad?–, hay que volver a decirlo aun a riesgo de que nos arrolle la turba sedienta de venganza y a la que la mayoría excita, en vez de aplacarla, con proclamas sobre injusticias supuestas.

Habrá pues que recordar que claro que el crimen ha quedado castigado: nada menos que veinte años de condena para el único acusado contra el que se han podido reunir pruebas de culpabilidad. Y eso es lo único que han tenido en cuenta los magistrados de la más polémica sentencia dictada en Sevilla en los tiempos modernos: las pruebas que se les han presentado para que las enjuiciaran. Sin pruebas no se puede destruir la presunción de inocencia que constituye la clave del arco de nuestro ordenamiento jurídico. Por lo visto, hay que repetirlo a ver si cala en la muchedumbre aullante.

La mayoría de sus usuarios es tan joven que no tiene por qué recordar el otro gran crimen que disparó la atención de la opinión pública sevillana –a su nivel, por supuesto, en una época sin televisiones ni ordenadores– tanto como lo ha hecho el de Marta del Castillo desde hace tres años. Sucedió el 11 de julio de 1952, cuando dos hermanas solteronas que regentaban un estanco de la avenida Menéndez Pelayo aparecieron muertas en su negocio sin rastro de que hubieran robado.

La expectación popular en aquella Sevilla aletargada por el estío y ávida de sucesos se disparó aquel verano en cuanto se supo de las detenciones de tres tipos de los bajos fondos a los que se les cargó el doble asesinato tras «arrancarles» –el entrecomillado es de la época, lo que sugiere el expeditivo método aplicado durante las 18 horas ininterrumpidas de interrogatorio– una confesión que valió para que dictaran, sin más pruebas concluyentes en un juicio repleto de irregularidades, sendas sentencias de muerte para El Tarta y sus dos compinches, finalmente ajusticiados en Ranilla el 4 de abril de 1956.

Con sus imperfecciones –por ejemplo, el relato de los hechos flaquea ostensiblemente del lado del móvil de Carcaño para cometer un acto tan desmedido en una simple bronca amorosa– y sus contradicciones –la sentencia  choca con la anterior–, el sistema está a salvo de cometer ahora injusticias como ésta aun a riesgo de que algún culpable consiga eludir su largo brazo por borrar huellas. Convendría pensar en El Tarta y no en Carcaño la próxima vez que se hable de injusticia.

javier.rubio@elmundo.es

16/1/12

Written by cardomaximo

17/01/2012 at 08:57

‘In dubio pro reo’ (16/2/09)

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‘In dubio pro reo’

JAVIER RUBIO SEVILLA| Pág. 2

16/02/2009

Como las cajetillas de tabaco, este artículo debería incluir una advertencia similar no sobre su peligrosidad, sino sobre su carácter montaraz y arriscado. Así que absténgase de proseguir el lector que busque un huero ejercicio de estilo a propósito del crimen de Marta del Castillo, con consideraciones paternalistas sobre la falta de valores, el fracaso educativo o la crisis de la familia, que toda esa agua se ha arrimado al molino.

No. Este artículo quiere salir en defensa de Miguel C., asesino confeso de la adolescente, juzgado sumariamente y condenado en el tribunal de la opinión pública aun antes de que se le haya puesto a disposición de un juez. La detención policial, en este caso, le ha librado del linchamiento público para el que, seguramente, se presentarían no pocos voluntarios de entre la jauría humana que lo ha sentenciado.

¿Habrá que recordar que el chulángano Miguel C. es todavía inocente? ¿Y que la culpabilidad del horrendo crimen que se le imputará hoy cuando comparezca ante el juez tendrá que ser probada oportunamente en un juicio con las debidas garantías procesales? ¿Y que su confesión no es en absoluto suficiente para decretar su responsabilidad penal? Puede, como todo apunta, que Miguel C. sea un desalmado, pero no ya por haber dado muerte a la chiquilla, sino por no haber tenido la gallardía de confesarlo todo en el cuartelillo a la mañana siguiente ahorrándole así a su familia tres semanas de angustia. Sólo que esa felonía a la propia conciencia moral del individuo no se juzga en ninguna sala terrenal.

De modo que lo único que le compete a la justicia humana es dilucidar si efectivamente mató a Marta y en qué circunstancias, a la luz de los agravantes y eximentes que la ley estipula. Conviene recordar todo esto, que es palmariamente conocido, para no llamarse a engaño ni escandalizarse cuando la defensa del principal acusado esgrima una ofuscación amorosa como enajenación transitoria o levante el parapeto de la intencionalidad para defenderse del homicidio doloso.

Hablamos en hipótesis, claro está, porque los detalles están secretos en el sumario, pero hay que estar prevenidos, como sociedad, para encajar todas esas argucias legales que arañen unos años de las previsibles condenas «orientadas hacia la reeducación y reinserción social», como sostiene la Constitución. O sea, que tendrá derecho a una segunda oportunidad.

La familia Del Castillo Casanueva ha hecho alarde de fortaleza desde el 24 de enero; a quienes juzguen a los criminales, se les pide, además, justicia; a los que manejamos la información, prudencia; y al resto, templanza.

Ajuste de cuentas

Justo lo que se echa en falta. A eso conducen las excitaciones sociales. Y, esta vez, no podemos echar mano de la socorrida culpa de los medios de comunicación, porque éstos han ido por detrás de las redes sociales de internet. Es en ese reino de lo efímero y de lo impostado donde ha tenido lugar, primero, una impresionante movilización para la búsqueda y, luego, un ajuste de cuentas sórdido y descarnado con el principal sospechoso, despojado de intimidad, señalado con coroza virtual, exhibido en decenas de fotos a la vista de todos y colgado -nótese la intencionalidad del verbo- para mayor escarnio. ¡Y sin que el fulano haya puesto todavía un pie en el despacho del juez!

Ayer, en estas mismas páginas, Teresa López Pavón aludía al amor ciego como origen de muchos males, no necesariamente milimétricamente aplicado al caso. Pues igual de perniciosos resultan todos los sentimientos cegadores. Por eso la justicia se toma su tiempo y se hace en frío, para que se aplaquen los calentones emocionales que llevan a los amigos de Marta a rebuscar en sus listas de amigos, hallar las fotos comprometedoras y airearlas como la única venganza a su alcance.

La única ciega ha de ser la Justicia, pero el resto tenemos que tener bien abiertos los ojos para que no se nos escape un discurso retrógrado que nos devolvería a la Ley del Talión. Los foros en internet echan humo pidiendo la cadena perpetua -al menos, se quedan un escalón por debajo de la pena máxima, algo es algo- para los dos detenidos sin hacer distingos. Pero los que tenemos alguna responsabilidad en el ágora, estamos obligados a templar y a aplacar la fiebre vengativa si queremos conducirnos como una sociedad civilizada.

Lo que procede es que el presunto asesino comparezca y quien quiera, o sepa, rece por la muchacha, cuya memoria deberíamos velar entre todos, haciendo desaparecer, por ejemplo, su imagen de vitalidad inocente de las miles de octavillas pegadas por la ciudad y de las miles de páginas vertidas en internet. Sea ese nuestro humilde sudario para amortajar su recuerdo.

javier.rubio@elmundo.es

Written by cardomaximo

13/01/2012 at 12:48

¡Detengan a esos gamberros!

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LO MÁS PROBABLE es que la pandilla que reventó la jardinera del estadio de la Cartuja la otra noche se vaya de rositas sin que la policía le eche el guante por un delito de estragos, que es lo que corresponde al destrozo causado en el mobiliario urbano, la potencia del explosivo utilizado y la alarma social creada. En vez de tomárselo todo lo serio que debieran, nuestras autoridades policiales ya se han apresurado a calificarla como gamberrada metiendo las tres explosiones en el mismo saco que las bolsas de basura embarcadas en los balcones, los timbrazos a deshora en el portero automático y los meadas por las esquinas. Cosas de la edad.

Será eso, que uno se va haciendo mayor y encuentra menos tolerancia en esas conductas que perturban la armonía ciudadana y deterioran la convivencia. Lo más probable, sin embargo, es que el despliegue de policías y bomberos de la otra noche en la isla de la Cartuja les salga gratis a esos sinvergüenzas, que tienen a su disposición decenas de macetones como el que reventaron para seguir ensayando el poder detonante de sus artefactos caseros. El Quimicefa lo pagamos a escote los contribuyentes, no hay de qué preocuparse.

O sí. Porque bien que exigimos que El Cuco y demás compinches que sean condenados como él paguen su parte del rastreo del cadáver de Marta del Castillo que se cargó al presupuesto de la policía. Qué tenemos que hacer entonces ante la jardinera destrozada: ¿dejarlo pasar como una chiquillada, mirar para otro lado porque gracias a Dios ningún trozo proyectado le impactó a nadie, darla por amortizada como hay tantas abandonadas desde que acabó la Expo92?

En otros sitios se tomaron muy en serio la teoría de las ventanas rotas que Wilson y Kelling esbozaron en un artículo de 1982 y que inspiró la doctrina que se llamó de la Tolerancia Cero con la delincuencia en la ciudad de Nueva York. Los equipos especiales de investigación en la escena del crimen –los famosos CSI que ha popularizado la televisión– nacieron entonces para la recogida sistemática de pruebas con las que inculpar muchos crímenes hasta entonces impunes.

Bien, podríamos discutir si ese celo policial convendría aplicarlo a casos como el de la explosión del estadio olímpico tomándose en serio la investigación de un delito menor, pero si se aplaude –como hacía mi vecino de página El Francotirador– que la Policía Local haya logrado cobrarle los primeros 30 euros a un gorrilla, no veo motivo alguno para lamentarse con la detención de la pandillita de gamberros que volaron el macetón.

javier.rubio@elmundo.es

16/12/11

Written by cardomaximo

17/12/2011 at 09:37

Confesiones secretas

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A VER SI José Joaquín Gallardo nos aclara el ofrecimiento para que los implicados en la desaparición y muerte de Marta del Castillo le confiesen en secreto dónde está el cuerpo para que la familia pueda al fin darle eso que antes se llamaba cristiana sepultura. Las confesiones secretas tienen muy buena imagen desde que Montgomery Clift interpretó con ribetes de escándalo Yo confieso en la que hacía de sacerdote atormentado debatiéndose entre deshonrar el pasado de una mujer casada o romper el secreto a que le obliga el derecho canónico por haber oído el relato del crimen en confesión.

A la vista está que J. J. Gallardo no puede pasar por Clift ni en sueños para acabar con el sufrimiento inhumano de los padres de Marta del Castillo, de cuya desaparición se cumplen mil días como oportunamente ha recordado la misma cadena televisiva que entrevistó a la madre del único condenado por el momento, en una operación de lavado de imagen digna de estudio.

Tampoco el Papa Wojtyla era el curita joven que encarnaba el actor, pero su visita a la cárcel de Regina Coeli de Roma para entrevistarse a solas con el turco Mehmet Ali Agca que lo había tiroteado el 13 de mayo de 1981 tenía el halo de las grandes revelaciones llenas de misterio por las que los guionistas de Hollywood se pirran.

En fin, el decano de los abogados se ha ofrecido para recibir la confidencia de cualquiera de los que hasta la semana pasada se sentaban en el banquillo y trasladarla sin relevancia penal para el caso, una vez que está visto para sentencia. Es la tercera vez que Gallardo hace un llamamiento de esta índole sin que hasta ahora haya tenido el éxito que se espera. Tampoco esta vez parece que vaya a surtir efecto alguno.
Nadie puede decir que vaya a quedar por el decano del Colegio de Abogados, desde luego, aunque el mismo resultado tendría –digo yo, que no soy perito en leyes– que los acusados se lo hubieran transmitido a sus propios letrados, acogidos también al secreto profesional que garantiza la relación entre un abogado y su cliente.

Es más que probable que el ofrecimiento vaya a caer en saco roto porque resulta inútil apelar a la conciencia de estos niñatos acusados del crimen. Para que les torturara la culpa tendrían que sentir algún tipo de sentimiento por el sufrimiento infligido. Y a estas alturas, mil días después de aquel crimen todavía sin castigo, ni está Raskolnikov ni se le espera.

javier.rubio@elmundo.es

9/12/11

Written by cardomaximo

10/12/2011 at 09:42