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Eva, madre ejemplar

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DOÑA EVA CASANUEVA: si esta columna pudiera aliviarle en una ínfima parte el dolor que ha transparentado en su declaración ante el tribunal que juzga al asesino confeso de su hija no habría cosa que me llenara más de satisfacción. Porque se lo merece, doña Eva, usted que siempre ha comparecido silente y expectante al pie de la cruz en que esta panda de niñatos descerebrados clavó a su hija va para tres años. No le quito valor a su marido para mirar a la cara a los acusados como lo ha hecho, pero me quedo con su testimonio desgarrador de madre ejemplar que advierte a su hija de los peligros de la vida y que se tortura por eso mismo cada día que ha pasado desde aquel fatídico 24 de enero de 2009.

Hoy quería escribir de usted. Porque siento que se lo debía después de tantos artículos con ese trío de imbéciles desalmados en primer plano. Y porque, se lo confieso, llegué a dudar de usted. De que hubiera alertado a Marta de que no le convenía esa amistad con un gallito de barrio y su pandillita de jaleadores, de que le hubiera prohibido verse con indeseables de la ralea que han demostrado en ese careo amañado como un mal combate de boxeo, con los púgiles buscando el ‘clinch’ a cada paso para no hacerse daño recíproco. ¿No los han escuchado a Carcaño y a Samuel? ¡Si se creían los protagonistas de un reality televisivo!

Pero su declaración en la vista oral ha despejado todas las dudas que un día elucubré y por las que ahora quiero pedirle disculpas. Doña Eva, usted hizo lo que debía, lo que hubiera hecho cualquier madre con entrañas, lo que tendrían que hacer centenares de madres que diariamente se enfrentan a la misma disyuntiva de avisar de los riesgos de la vida sin violentar la libertad de sus hijos. ¿Cuántas quinceañeras están dispuestas a someterse, ellas dicen que por amor, a los caprichos de un tipo que las chulea? Y si eso no se lo dice una madre, ¿quién se lo va a decir, el teléfono del maltrato 016 en otra campañita a base de cartelería?

Por eso quería hoy dedicarle esta columna. Y glosar su conmovedor relato cuando le previno a Marta de malas compañas a propósito de un mal día en la Feria de Abril en que el fulano había bravuconeado más de la cuenta con su hija y luego le había regalado un peluche para hacer las paces: «Estás saliendo con alguien con el perfil de un maltratador, primero te puteo y luego te regalo».

Entiendo su aflicción infinita. Pero al menos deje de torturarse. Cumplió usted con su deber, aunque eso no le vaya a devolver a su hija. De verdad, doña Eva, ojalá cundiera su admirable ejemplo.

javier.rubio@elmundo.es

25/10/11

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26/10/2011 at 09:48

Que el Mal se disuelva

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EN EL PRIMER punto de su pomposa declaración programática, los mediadores internacionales reunidos en la Conferencia de Paz han llamado a Miguel Carcaño a hacer una declaración pública del cese definitivo de la actividad armada y a que solicite el diálogo con los poderes públicos. A renglón seguido, piden a esas mismas autoridades que den la bienvenida a esa declaración formal de que abandona el camino de perdición emprendido el 25 de enero de 2009 y que acepten iniciar conversaciones para tratar exclusivamente las consecuencias del conflicto que terminó con una vida.

En la calle, millares de personas han pedido a gritos el acercamiento de Carcaño a la cárcel de Sevilla-1 desde su confinamiento preventivo en Morón. Un portavoz de sus partidarios, en un acto celebrado hace algunos meses con las gradas abarrotadas en el velódromo de Dos Hermanas, ha anunciado la disposición de Carcaño a comunicar el paradero del cadáver a una comisión internacional de verificación.

La familia de la víctima ha reaccionado con dureza al comunicado de la Conferencia de Paz porque entiende que al dolor por la pérdida de un ser querido se añade el oprobio de considerarlos integrantes de uno de los dos bandos en conflicto.

Pero en la calle León XIII no hubo ningún conflicto: hubo un crimen vil y repugnante por el que un asesino se creyó en posición para arrebatarle la vida a su víctima. Sólo que tampoco buscaba un ideal superior al que supeditar el alevoso homicidio y los años de condena propia. Fueron los celos, la envidia o el deseo encendido los que movieron aquella infausta noche a quien le hizo eso a Marta. Fue el Mal, eso sí. Pero no hubo patrias por las que luchar o morir, no hubo banderas con las que amortajar a nadie, no hubo himnos a

los que saludar marciales, no hubo identidades colectivas a las que salvar de ninguna amenaza. En León XIII sólo hubo un crimen.

Sus padres no mintieron esta vez, sus hermanos no inventaron excusas, sus amigos no encubrieron ni jalearon acción tan pérfida, sólo muerte y dolor gratuitos infligidos con saña a una familia que nunca pensó que estuviera en medio de ningún conflicto armado. Sólo eso.

Y nadie puede pedirle ahora a Carcaño que renuncie a ninguna quimera territorial, ni que defienda sus ideas por otro camino porque el Mal que anida en los hombres no se disuelve jamás. Qué importa si fueron los celos, la envidia, el deseo o la patria robada. Sólo hubo dolor, sólo crimen, sólo muerte sin adjetivos.

javier.rubio@elmundo.es

18/10/11

Written by cardomaximo

19/10/2011 at 09:49

Carcaño y el resto se enfrentan al juicio de verdad

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El amigo Manuel Grosso, profesor titular de Derecho Penal, ha advertido inteligentemente en estas mismas páginas sobre la posibilidad de que la condena final del juicio por la desaparición y muerte de Marta del Castillo no se amolde a la idea prefigurada que tiene hecha la mayoría de la población. Justo. Es el momento de desprenderse de los apriorismos, de los prejuicios (etimológicamente, lo que antecede al juicio) y los impulsos irracionales. Puede que para muchos ciudadanos –y para la policía, que es peor- esté todo claro, pero el sistema judicial necesita de pruebas irrefutables y concluyentes que, de momento, no se han aportado. Sólo queda esperar y ver. Y hacerles a los padres lo más llevadero posible el mes y medio que les aguarda.

Written by cardomaximo

17/10/2011 at 10:20

Una magnolia para el grande

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CÓMO LAS MECE el viento! Con qué suavidad las va acariciando a cada poco que se abren sus pétalos carnosos y sensuales como los labios de la amada. Con qué delicadeza las blanquea el sol, allí en lo alto, como una bandada de palomas que se hubiera posado en las ramas más inaccesibles. Cómo se ocultan recatadas a las miradas furtivas de quienes son capaces de levantar la cabeza del suelo de sus propios problemas cotidianos y admirarlas hermosas y radiantes como las novias secretas que son: inalcanzables para los ansiosos, a resguardo de los impacientes, dejándose querer sólo para quienes se abandonan a su contemplación con deleite sin mirar de reojo al reloj.

Cómo es posible que se despliegue tanta hermosura ante nuestros ojos sin que la veamos en realidad. De las jacarandas que azulean el fondo de la glorieta de los Marineros Voluntarios componiendo un decorado perfecto no habrá ningún gabinete de prensa que informe del número exacto de turistas que se admiraron de que esos árboles, tiritando de frío sin hojas en su otoño austral, nos hayan regalado el prodigio de pintarnos los cielos como cada año. Sin embargo, se entretienen contando los que treparon al maderamen inerte de la Encarnación para mirar por encima del hombro al laurel de Indias encorsetado con piezas del mecano.

Qué injusta la primavera de Sevilla. El azahar se lleva los versos, pero la nieve la derraman los árboles del paraíso, seguro azar. Exhaustas han quedado las melias, trémulas hasta el año que viene en que vuelvan a encanecerse después de vestirse de verde. Las tipuanas y los paraísos aguardan su momento, allá por junio, cuando amarilleen los suelos de la ciudad en contraste con el cielo azul inmenso.

Toda la ciudad es una explosión de floridos colores de una intensidad que llega a herir como la espina aguda del deseo que citaba Cernuda. Ni siquiera los monumentos plantados por la mano del hombre, los puentes de los ingenieros, los pináculos de los canteros, los atauriques de los alarifes, las vidrieras de los plomeros, las tallas de los imagineros son capaces de competir con esta sinfonía lujuriosa de la primavera restallante que se abre paso entre los vídeos de la campaña electoral, los temblores de la tierra y las miserias de nuestros días menores.

Seve Ballesteros el Grande -como lo despide la prensa británica, de suyo tan cicatera con los halagos- descansa para siempre a los pies de un magnolio aún sin florecer. Ojalá una magnolia del parque de María Luisa volara hasta Pedreña.

javier.rubio@elmundo.es

12/5/11

Written by cardomaximo

13/05/2011 at 12:25

El deber de unos padres

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COMPLETAMENTE EN SERIO: ¿no admiráis la grandeza de nuestro sistema judicial que se abstiene de condenar a un culpable, aun siéndolo, por falta de pruebas?, ¿no es esa Justicia técnica, fría y desapasionada una victoria rotunda de la civilización y la convivencia en sociedad por encima del atavismo que dictaría la venganza?, ¿no es Roma la que se impone, dos mil años de historia a cuestas, a la judaica Ley del Talión?

Si el juez de Menores no ha encontrado pruebas de suficiente calado para inculpar a ese pillastre conocido por el alias de ‘El Cuco’ en la violación y muerte de la joven sevillana Marta del Castillo es porque no le han convencido las que le han presentado. Y aunque su señoría, la familia de Marta del Castillo y nosotros mismos estemos convencidos de que en el piso de León XIII sucedió mucho más de lo que han contado los implicados, no tenemos medio lícito de probar nada más. Hasta ahí podíamos llegar y hasta ahí ha llegado su señoría.

O sea, que la sensación de que se nos ha escurrido entre las manos un asesinato alevoso deberíamos imputársela a quienes llevaron la investigación, tomaron declaraciones, interrogaron a los detenidos… o a esos padres que «ampararon y justificaron» la conducta de su hijo menor de edad para salvarlo a toda costa.

He ahí la almendra de todo el caso: el deber categórico de cada uno. No la obligación legal de no cometer un delito, ni siquiera el deber moral de confesarlo y repararlo en lo posible después; ni siquiera el deber social de odiar al delito pero mostrar compasión por el delincuente. No, sino el deber ético de cada uno de nosotros.

Esos padres que se ven señalados en un paréntesis (como en el teatro, una acotación del juez que da rienda suelta al reproche moral que ha rumiado durante semanas), esos otros que se encomiendan no a la Justicia divina sino al revanchismo carcelario. Qué se supone que deben hacer unos progenitores a los que les han matado a una hija cuyo cuerpo además les han hurtado. Y qué se supone que deben hacer otros a los que el hijo se les ha descarriado del todo por un delito gravísimo. Cómo se supone que deben actuar, qué grado de circunspección estamos dispuestos a exigirles en el fragor de la vista oral o sus secuelas.

Y ahora examinémonos nosotros también. Qué hubiéramos hecho. Pero en ambos lados: el de la víctima y el del victimario. Qué estamos haciendo como meros espectadores del espectáculo judicial. ¿De verdad nos alegramos de que haya resplandecido la Justicia aunque no se amolde a nuestros prejuicios?

 

javier.rubio@elmundo.es

25/3/11

Written by cardomaximo

26/03/2011 at 13:24

Publicado en justicia

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>La jauría humana

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MARLON BRANDO hecho un ecce homo en lo alto de la escalera de la comisaría de una pequeña ciudad del sur de Texas, como el único obstáculo que se interpone entre el puñado de paisanos dispuestos a tomarse la justicia por su mano contra el indeseable, Robert Redford, que se ha vuelto a colar en sus apacibles vidas, agazapado en un desguace de coches. Imponente en su debilidad, aturdido por una paliza descomunal, de pie ante la intolerancia, el sheriff con el rostro tumefacto y la camisa ensangrentada es un alegato en favor de la Justicia que emana del Derecho. La película, del mismo título que esta columna, es de 1966, cuando en Hollywood aún latía el corazón demócrata contra la injusticia.

Impresiona la paliza al individuo que acaba de descerrajarle tres tiros en la barriga al detenido que llevaba esposado en las mismas escaleras de la comisaría. Robert Redford, tendido en el suelo, muerto el perro y la rabia que había causado; su asesino, al que Brando le ha partido la cara, queda hecho un guiñapo como ese pueblo ciego de rabia y sediento de venganza. Sus efectos son devastadores: nadie queda a salvo de ese naufragio moral que supone un linchamiento: ni víctimas, ni verdugos.

No debería borrársenos de la memoria esta escena final de ‘La jauría humana’ si queremos que el juicio por la desaparición y muerte de Marta del Castillo no se lleve también más jirones de integridad moral de los que ya nos hemos dejado como sociedad en este turbio caso.

Si les valiera, algunos incontrolados también aparcarían sus autos a las puertas del juzgado para meterle tres tiros a Miguel Carcaño, a El Cuco, a Samuel Benítez y, ya puestos, al hermano de Carcaño y su novia, a los padres del menor y hasta a los abogados defensores. A todo el que se ponga de parte de la Justicia, no se olvide.

A los únicos a quienes se les puede consentir que digan cualquier barbaridad por dura que nos parezca es a los padres, esas víctimas muertas en vida desde el día en que su hija desapareció. Pero a nadie más. Los demás tenemos que sujetarnos a lo que dicten los jueces, nos guste o no. Eso es lo que nos hace diferentes a ellos, es lo que nos eleva sobre la ignominia de unos criminales desalmados que no sólo acabaron con una muchacha en la flor de la vida, no sólo destrozaron a una familia, no sólo se rieron de la policía, sino que amenazan con revolcarnos a todos por el lodo de la barbarie.

Cada uno puede elegir el papel que quiere representar en este drama. Hace tiempo que algunos -empezando por mi compañero Eduardo del Campo- elegimos el de Marlon Brando, de pie en la escalera.

javier.rubio@elmundo.es

27/1/11

Written by cardomaximo

28/01/2011 at 17:26

Publicado en Sin categoría

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